María Timiraos aborda la depresión en su primer libro: «Hay mucha hipocresía con la salud mental»
MAÑÓN
Nació en Mañón, se crio en As Pontes y vive en Ortigueira, y en su debut literario habla con valentía del «bullying» y la dependencia emocional que ha sufrido
18 abr 2026 . Actualizado a las 14:05 h.Este libro «no es una historia de superación perfecta. Es el relato honesto de una mujer que creció entre el rechazo, el abandono emocional y las relaciones que dañan, y que tuvo que aprender, ya adulta, a mirarse con otros ojos. Aquí se habla de bullying, de maternidad, de vínculos rotos, de dependencia emocional y de la sensación persistente de no ser suficiente. Pero, sobre todo, se habla del proceso lento y real de reconstruirse cuando la vida no ha sido amable». Así describe su libro María Timiraos (Mañón, 1985) en las últimas páginas. No me rompí del todo. Aprender a vivir después del daño es una autoedición que se puede adquirir en la tienda de ropa Alma Bonita (Ortigueira), la librería Jaime (As Pontes), Tony Rego Fotografía (Cedeira) y el Salón Marta Timiraos (Viveiro), y también en Amazon. Nació en Mañón, se crio en As Pontes y lleva años viviendo en Ortigueira. Más que hechos concretos, narra sensaciones y pensamientos, un testimonio valiente de quien trata de recuperarse de la depresión, «que no siempre grita; a veces se instala despacio. Te nubla. Te convence de que no pasa nada mientras te va vaciando por dentro».
—¿Cómo surgió este libro?
—Estoy a tratamiento [por la depresión] y a base de ir al especialista y saber lo que me estaba pasando, empecé a hacer una especie de diario, donde iba apuntando las cosas que me generaban malestar interior, situaciones de las que me acordaba, de las que fui viviendo desde pequeña, que me incomodaban. Un poco lo que me hizo ser como soy o como fui.
—Entre todo eso está el «bullying».
—Sí, cómo me trataron en el colegio, cómo me sentí en la adolescencia, cómo fue mi relación en casa con mis padres... cómo se fue moldeando mi personalidad. A mí, el bullying me generó inseguridad a la hora de relacionarme con otras personas y de confiar en mí misma. Luego, en el instituto, noté el cambio. Me gustaba estudiar, sacaba buenas notas, pero perdí el interés por los estudios porque estaba cansada, agotada de esa situación. También me afectó a la hora de relacionarme con los hombres, siembre buscaba validación o aceptaba ciertos comportamientos como si fueran normales, y no lo eran [...]. Creo que hay que dar voz a estas situaciones. Tengo tres hijos y no me gustaría que les pasara, ni que fueran los provocadores.
—No habla de situaciones concretas, pero se intuyen los insultos y el acoso continuo...
—Cuando sufres bullying, ya estás a la defensiva, y llega un punto en que tu cuerpo entra en modo alerta y vives así. Ese día tu cuerpo reacciona de una manera y al día siguiente, aunque no te pase nada, tu cuerpo reacciona igual.
—¿Qué falla para que ocurra y se tolere, el colegio, la familia...?
—Primero fallaba el colegio, porque muchas veces las cosas pasaban delante de los profesores (cuando se reían o te insultaban), y no hacían nada. En casa, mis padres hacían lo que podían con las herramientas que les habían enseñado. Mi padre decía que era cosa de mi madre, y mi madre me decía: «No hagas caso». Nunca me sentí comprendida. Y no solo me pasó a mí, había más casos.
—Sus acosadores son adultos. ¿Alguno le ha pedido perdón?
—¡Qué va! Son adultos y tienen hijos [...]. En la época del colegio y el instituto lo pasé muy mal, porque no era solo en el colegio y el instituto, también en la calle, y eso que entonces no había redes sociales. De hecho, me fui del pueblo porque no lo soportaba más.
—Pero su crisis estalló en una etapa en la que era feliz.
—En 2022 cogí la baja y en 2023 me dieron el alta. Luego me quedé embarazada y me volví a poner mal, y en el posparto caí en picado. [«Me muevo por inercia, soy una madre funcional, hago lo que hay que hacer porque siempre lo he hecho, pero por dentro estoy en otro sitio. La cabeza ausente, el cuerpo cumpliendo», escribe].
—Y todo sin apenas ayuda...
—Hay mucha hipocresía con la salud mental. Tenemos a un amigo, un vecino o un familiar enfermo, con depresión, y todo es «ya se le pasará». Tienes a tu amiga o a tu hermana metida en la cama, que no se levanta, que está mal, que no quiere hacer nada, que no quiere salir de casa, y ni siquiera vas a tomar un café con ella...
—¿Y la asistencia sanitaria?
—Por la Seguridad Social me sentí abandonada y mal atendida [...], tardaron seis meses en darme cita con el psiquiatra. Al final opté por la privada, cuando lo necesito.