Un día en silla de ruedas por Ferrol: «Para hacer cualquier cosa, tenemos que pensar antes si podemos llegar»
FERROL CIUDAD
Las barreras marcan y limitan la rutina de las personas con discapacidad, tal como nos lo muestran los usuarios de las ASCM
19 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.«Queremos ser independientes, pero solo encontramos barreras», resume Gonzalo Sueiras tras un paseo de hora y media por las calles de Ferrol. Padece una hemiplejia (tiene la mitad izquierda del cuerpo paralizado) y, aunque trata de hacer una vida normal, el mundo no se lo pone fácil. «Cuando queremos hacer cualquier cosa, tenemos que pensar antes si podemos ir, porque muchos lugares no son accesibles, hay cafeterías por ejemplo en las que solo podemos estar en la terraza, o en los que no podemos ir al baño», explica Ángel Gárate, una persona con movilidad reducida. Ambos son usuarios de la Asociación Sociocultural ASCM, cuyo objetivo es la plena inclusión de las personas con discapacidad.
«No te das cuenta de muchas cosas hasta que te toca», reconoce Gonzalo. Él mismo lo vivió cuando, en el 2006, «con 18 años recién cumplidos», tuvo un accidente de quad. Es por eso que, el pasado jueves, acompañamos a ambos usuarios a hacer una serie de gestiones rutinarias para comprobar la accesibilidad de la ciudad. El objetivo: ir a la farmacia de la avenida de Esteiro, al INEM, a la Seguridad Social y a la Biblioteca Municipal, en la plaza de España. «Pensamos en subiros en unas sillas de ruedas manuales, pero no llegaríais a salir de Esteiro —el barrio donde la ASCM tiene su local—», admitía Paula Gárate, su presidenta.
Bordillos y escaleras
El primer obstáculo llegó a la hora de cruzar la calle Ánimas, donde se ubica la asociación y una de las que rodean el campus universitario. Un paso de peatones con los bordillos sin rebajar obliga a las personas en silla de ruedas a dar vuelta. Y antes de lograr rodear las facultades, ya en la calle Naturalista López Seoane, una acera que acaba en bordillo, justo en una de las entradas del campus, volvió a obligar a variar la ruta. «Se ha avanzado en accesibilidad, pero quedan flecos sueltos», advertía Paula Gárate.
A los bordillos se suman otro tipo de barreras como las escaleras —los soportales de la avenida de Esteiro están plagados y para llegar a la farmacia Ángel y Gonzalo tienen que dar un buen rodeo—, las terrazas que ocupan demasiado espacio —y que en un momento dado dificulta que Gonzalo y un hombre mayor con andador pasen por la misma acera— o las alcantarilla con forma de rejilla. «Cuando aún usaba muletas, me caí al lado del centro de salud de la plaza de España porque se me enganchó una», rememoraba Ángel. «Eso pasa también con los bastones de las personas invidentes que, además, se encuentran con árboles en medio de la acera que son un peligro», añade su hija, Paula Gárate.
Alturas y entradas imposibles
Si circular por la calle ya es complicado —«tenemos que pensar muy bien por dónde ir»—, el acceso a los edificios es una misión casi imposible. De la decena de locales que hay entre la plaza del Himno Galego y la calle Doctor Iglesias Parga, apenas dos están nivelados. «La accesibilidad de los comercios es un capítulo aparte», dice Ángel, resignado. «Muchas veces nos sacan la ropa a la puerta, y de probarla, ni hablemos, yo ya solo compro por internet», añade Gonzalo.
Pero si las barreras para acceder a la hostelería o al comercio son una molestia, cuando sucede en los edificios públicos, es un problema grave. Para lograr entrar en el INEM, con doble puerta y de bastante peso, Gonzalo se pasa un par de minutos maniobrando. Ángel, que va en una scooter para PMR, ni siquiera puede.
En otros casos, cuando el edificio tiene una entrada distinta para sillas de ruedas, falla la señalización. Sucede en la Seguridad Social, donde un cartel indica que se debe continuar por la calle Cataluña pero no vuelve aparecer señal alguna, o en la Biblioteca Municipal, donde la puerta para PMR está señaliza, pero no hay indicaciones para llegar a ella.
Acciones como ir al cajero son una odisea: «Dependiendo de la silla y el sol, no se ve la pantalla». Y «tirar la basura es una práctica de baloncesto», tal como ejemplifica Gonzalo, que añade que, en el supermercado, tiene que pedir que le bajen las cosas de la estantería. «Y si quiero ir en bus Ángel no puedo, solo hay una plaza».