La gesta de un bombero de Navantia que coronó la Perestroika Crack, en Kirguistán: «A escalada ensínache cousas guapas para a vida»
FERROL CIUDAD
Adrián Álvarez Varela, santiagués asentado en Ferrol, y otros tres compañeros escalaron la mítica pared de 800 metros, en el valle de Ak Suu
28 dic 2025 . Actualizado a las 18:26 h.«Después de tres vuelos apurados, un petate perdido en una escala que tardó día y medio en aparecer y nos tuvo acojonados, y muchos taxistas piratas por la ciudad de Osh, estábamos listos para empezar». Así relata en un vídeo Adrián Álvarez Varela (Santiago, 25 años) el prólogo de la gesta que compartió con el logroñés Miguel Arejula, el único al que ya conocía, el mexicano Lucas Pedrosa y el cántabro Héctor Puente. Este joven bombero de Navantia, en Ferrol, ciudad en la que reside desde hace dos años, y sus compañeros viajaron de Madrid a Estambul y de ahí a Biskek, la capital de Kirguistán, para ascender la Perestroika Crack, una pared mítica de 800 metros (hay quien dice que mil), «la vía más bella del mundo», con fisuras imponentes.
De Biskek se desplazaron a Osh, la segunda ciudad de este país del Asia Central de unos 300.000 habitantes, fronterizo con China, Kazajistán, Tayikistán y Uzbekistán. Y de Osh al valle de Ak Suu, su destino. «Fueron cinco horas de coche hasta Batken, el último pueblo antes del ascenso [...], y cuatro en todoterrenos que se caían a cachos por pistas de montaña», describe. Así hasta el punto a partir del cual un pastor les ayudó, con sus caballos, a portear las mochilas más pesadas. Tardaron ocho horas en alcanzar el campo base, andando por un pedregal. «E xa quedamos sós no val». Aquella noche cenaron cuscús, al calor de una hoguera, y a la mañana siguiente emprendieron la ascensión.
«Ían ser dous días, pero foron tres, fixemos dúas noites nun vivac, nunha repisa moi pequena, coas cordas postas, porque se te levantas a media noite e esvaras, mátaste (con 400 metros de caída). O frío, a neve e o vento retrasáronnos, estivemos a punto de baixar cando faltaban só catro largos... seguimos e chegamos á cima. Era tarde, tivemos que facer rápeles de noite para baixar ao vivac, quedounos unha corda atascada e tivemos que cortala, e non levabamos nin auga nin comida suficiente. Foi duro, ao outro día chegamos ao campo base esfameados», cuenta.
Hambrientos, pero sanos y salvos: «Ter unha lesión alí pode ser moi comprometido, está moi lonxe, non hai cobertura... levabamos un GPS satelital e mandamos un par de SMS a alguén das familias, que xa falaba co resto». Iban provistos de un completo botiquín, gracias a la madre de Miguel, farmacéutica, y a su tía, médica. Son de los pocos españoles que han completado esta gesta, que culminó con 12 días en el campo base, sin nada que hacer, entre charlas, algún karaoke y vida contemplativa, hasta que regresó el pastor con sus caballos, como habían pactado.
Adrián escala desde los 15 años y a los 16 se inició en la competición. «Con 19 empecei no alpinismo, entrei no equipo galego de mozos alpinistas, unha tecnificación, con viaxes aos Alpes, aos Pirineos...», repasa. En aquella época, un técnico reconoció que tiene «una cabeza privilegiada», y su palmarés deportivo lo acredita. «Na escalada alpina tes que controlar a cabeza e o medio, que é cambiante; a parte física importa, pero o principal é o adestramento mental», reconoce.
Está aprendiendo a volar en parapente con la idea de, «algún día, poder baixar voando (logo dunha ascensión)». En Galicia no resulta fácil entrenar (salvo en interior), porque no hay montañas de esas dimensiones, y se escapa cuando puede al Valle de Trubia, en Asturias, o a la durísima Peña Ubiña, en León. En enero se marchará mes y medio a la Patagonia argentina para escalar otra cumbre mítica, el FidzRoy, con el mismo grupo de Kirguistán. «É o que me motiva no día a día, necesito grandes proxectos na vida para poder ir a por iso e enfocarme aí, seguir buscando retos e moverme, non quedar estático —repite—. Mola moito porque che ensina recursos guapos para a vida, a non ter présa e a afrontar os problemas».