Los vecinos denuncian ruido, basura, orines y perros atados toda la tarde, además de advertir que se despliegan en aparcamientos normales habiendo sitio en zonas habilitadas
17 ago 2025 . Actualizado a las 12:31 h.«Los ruidos son constantes durante toda la noche; muchas veces hay fiestas con música e incluso a la una de la madrugada sigue llegando gente. Dejan a los perros atados toda la tarde, tumbados en la carretera, mientras sus dueños van a la playa. Llenan los contenedores de basura y, los que no tienen baño, orinan en el muro de mi casa. Entonces, mi perro ladra y me despiertan a la una, a las dos o a las tres de la madrugada... Tengo una niña de dos años que no puede dormir aquí».
Es la larga lista de quejas que acumula Iago Díaz, vecino de la playa de Doniños y responsable de la escuela de surf Spot. Aunque el arenal cuenta con un aparcamiento habilitado para autocaravanas, muchos conductores prefieren estacionar justo delante de su casa. «Es un sinvivir», lamenta.
Explica que ha llamado en varias ocasiones a la policía, al 091 y al Concello, pero denuncia que no se toman medidas. Ayer, jueves, había unas treinta autocaravanas en ese espacio. «No hay aparcamiento para mis clientes ni para quienes vienen a la playa. Dejan hueco entre ellas para colocar mesas. Donde aparcan cinco caravanas, entrarían quince coches», advierte. Además, no solo aparcan: se despliegan con elementos que considera ilegales. «Están con calzos —que son ilegales—, con las ventanas laterales abiertas o con las superiores desplegadas», añade.
Este escenario se repite cada julio y agosto en las principales playas de la ciudad, pese a la medida del Concello de habilitar estacionamientos diferenciados para autocaravanas y para coches. Lo peor, señala Iago, es que ayer en Doniños había plazas libres en el aparcamiento destinado a ellas. «¿Qué pasa? Este tiene mejores vistas y, como prohibieron aparcar abajo —en el párking más próximo a la arena—, este verano vienen todos aquí. Yo abro el jardín de mi casa para mis clientes, y a veces también para señores mayores que veo dando vueltas porque me da pena», cuenta.
La vizcaína Itxaso Apraiz visita por primera vez Ferrol y su costa junto a sus dos hijos en autocaravana. Ella sí utiliza el estacionamiento habilitado para este tipo de vehículos. «Llegamos ayer por la tarde. El sitio es espectacular», valora. El objetivo, dice, es disfrutar de la playa. «Nos gustaría que tuviesen en cuenta a los turistas que venimos en vehículos grandes, que habiliten más zonas porque hay poco espacio. Y, si está completo, que no nos multen. Siempre tenemos ese miedo».
Mesas y comidas
La difícil convivencia entre bañistas, vecinos, turistas y autocaravanistas tampoco mejora en otras playas muy concurridas, como San Xurxo o Esmelle. Pasada la una y media de la tarde, quedaban ya pocas plazas libres en el aparcamiento de esta última, un espacio dividido según el tipo de vehículo. En la zona para caravanas y furgonetas se podían ver animales, parejas que habían colocado sillas para comer e, incluso, ropa tendida, un cámping gas o hasta placas solares.
Trasiego en el área de A Malata: «Estamos muy a gusto»
En pleno ecuador del mes de agosto el trasiego de autocaravanas se nota en el área municipal de estacionamiento de mayor tamaño, la de A Malata. Recalaban pasadas las doce y media del mediodía Víctor Bariego, su mujer Cristina y su hija María, que recorren Galicia procedentes de Zamora. «Venimos de ruta desde Viveiro», explican.
Son unos expertos en este turismo, con el que llevan viajando unos treinta años. «Llevamos cuatro caravanas y dos autocaravanas», explica. Por ello incide que siempre buscan lugares autorizados y con servicios. «Miramos en la aplicación park4night», explica. Lo mejor de la zona, que dispone de servicios para evacuar aguas negras y recargar agua potable. Aunque ellos suelen buscar áreas privadas, de pago, con seguridad. Y buscan una parada de autobús para poder llegar al centro urbano.
Están asentados en A Malata Antonio, de El Ejido, y Jose, en Galicia tras recorrer el sur del país. Reconocen que huyen del calor extremo. «Aquí estamos muy a gusto y tranquilos», valora Antonio.