Al otro lado del cristal, mientras en Ferrol va cayendo la tarde

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

16 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Cada lector es un mundo. Y nada hay de raro en ello. Como tampoco hay nada de raro en el hecho de que los grandes libros, aunque aparenten ser siempre muy reacios a cualquier clase de perturbación, se vayan transformando constantemente, conforme el tiempo pasa, mientras cada época los lee de una manera distinta, y cada nueva lectura, lejos de hacerlos envejecer, los rejuvenece. Y si eso es posible, es porque el verdadero lector protagoniza cada día, especialmente cuando lee ficción, un milagro: dotar de vida a lo que escribieron otros, poniendo voz y rostro a los personajes nacidos en el mundo de la imaginación. Se dice a menudo que la lectura es una actividad infinitamente más creativa que la escritura; y uno, cuanto más reflexiona sobre ello, más convencido está de que, en realidad, eso es así. Los protagonistas de los grandes clásicos de la literatura universal (desde Ulises a Madame Bovary, pasando por Tom Sawyer, La Regenta, Anna Karenina, Hamlet o el mismísimo Quijote) no solo les pertenecen a Homero, a Flaubert, a Mark Twain, a Clarín, al conde Tolstoi, a Shakespeare y a Cervantes, sino que también son, en más de un sentido, nuestros, de los lectores. Porque somos los lectores quienes les hemos permitido convertirlos en auténticos clásicos, al ayudarles a superar la durísima prueba del paso del tiempo.

Una vez le escuché decir a Carlos Casares, con aquella serena ironía que era tan habitual en él, que por supuesto le parecía estupendo que una novela, en su primer año de vida, en vez de mil ejemplares, vendiese, pongamos por ejemplo, dos mil. O tres mil. Pero que más importante que eso —decía, sonriendo— le parecía que esa novela, diez o veinte años después de su aparición, vendiese, cuando ya se había dejado de hablar de ella, un ejemplar a la semana. Porque medio centenar de ejemplares vendidos al año (y quien dice un año dice otro, y otro, y otro, y otro más, y así hasta la eternidad...), tampoco está, si bien se piensa, y cuando de sumar se trata, nada mal.

Algunos de los mejores libros de la historia de la literatura universal han sido obras muy vendidas. No hace falta que pongamos, una vez más, el ejemplo del Quijote, que ya está en la mente de todos. Aunque también habría que recordar que no en todas las épocas, ni en todos los países, gozó la maravillosa novela de Cervantes del mismo respaldo popular. Pero si mencionamos a autores como Víctor Hugo, Dickens, Andersen, Cortázar, Pásternak o Simenon, veremos hasta qué punto la alta literatura puede llegar, y con cierta frecuencia, a un número casi infinito (bueno, lo de casi infinito es una manera de hablar, ya se entiende...) de lectores.

Sin embargo —y a eso iba—, hay ciertas literaturas que parecen estar destinadas a ser siempre minoritarias. ¿Por qué...? ¡Quién lo sabe! ¿Cuántos lectores tiene hoy, de verdad, en nuestro país, el que a mí, particularmente, me parece uno de los más grandes autores europeos de todos los tiempos, el francés Pierre Michon? ¿Y cuántos lectores tienen los libros de escritores como Proust, Melville, Joyce o Faulkner? Si alguien dice que sus lectores no son precisamente multitudes, probablemente esté en lo cierto. Pero también es cierto que quienes leen a Faulkner, a Joyce, a Melville, a Proust y a Michon lo hacen con el empeño y la decisión de quien no teme aventurarse en aguas muy profundas.

Sea como sea, la humanidad siempre estará en deuda con esos escritores. Y pocas cosas puede haber más hermosas —si se me permite el comentario— que releer, pongamos por caso, Santuario, tomando café, mientras va cayendo la tarde en Ferrol.