Esos maravillosos amigos que viven al otro lado del río

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

RAMON LOUREIRO

20 may 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay quien dice que no es aconsejable llegar a conocer en persona a quienes uno más admira, porque la cercanía suele traer consigo las decepciones. Pero yo no estoy de acuerdo con esa afirmación. De hecho, y por más que lo intente, ahora mismo no consigo recordar ni un solo caso de alguien a quien yo admirase y que me hiciese sentir decepcionado cuando lo llegué a conocer. Es más: a mí me ha sucedido, por lo general, lo contrario. Quiero decir que cuando he tenido la suerte de encontrarme en la vida con alguien que despertaba desde hacía tiempo mi admiración (como escritor, como deportista o como artista plástico, por poner algunos ejemplos), he podido constatar que esas personas, como seres humanos, eran, incluso, infinitamente más admirables de lo que yo hubiera podido imaginar.

Varias de esas personas —y discúlpenme ustedes, una vez más, la melancolía— fueron después tan amigas mías que acabé sintiendo que formaban parte de mi propia familia; y una parte muy importante, por cierto. Ese fue el caso, entre otros, de Carlos Casares, de Basilio Losada, de Luz Pozo Garza y de Koldo Chamorro. Casares, de hecho, a quien yo ya admiraba desde que, siendo casi un niño, leí ese libro insuperable que es Vento ferido, no solo se convirtió después, cuando lo conocí, en uno de los más grandes amigos que he tenido, sino que casi me atrevería a decir que es la persona, de cuantas he tratado a la largo de mi vida, de la que más he aprendido. Algo muy parecido me sucedió con Basilio, con Basilio Losada, que como Carlos era —todo sea dicho de paso— un extraordinario contador de historias, a quien podías estar escuchando hablar horas y horas sin aburrirte jamás. Igual que me pasó con Luz, con Luz Pozo Garza, una poeta excepcional de la que me queda el recuerdo de su infinita dulzura. Y también con Koldo, uno de los más brillantes fotógrafos que ha dado nuestro país, de quien me acuerdo (como de Luz, de Basilio y de Carlos) todos los días.

Recuerdo —no quiero emocionarme, pero a veces no puedes mandarle callar al corazón— que cuando falleció Enrique Cal Pardo —deán de la catedral de Mondoñedo, historiador magnífico y alguien a quien echo extraordinariamente de menos, también— le comenté a otra amiga, a Esther Otero, que me provocaba una inmensa tristeza pensar en los cientos de veces que pasé por delante del archivo catedralicio, donde él tenía su despacho, sin «encontrar tiempo» para entrar, al menos, a saludarlo. «Non pasabas a velo —me dijo Esther—, pero sabías que o tiñas alí, e alí estaba»; y es verdad. Pero a menudo dejamos que la vida transcurra sin dedicarles, a quienes más queremos, el tiempo que merecen, y no nos damos cuenta de nuestro error hasta que es demasiado tarde.

Eso me pasó también con Carmiña Cunqueiro, que para su hermano Álvaro, para el autor de Merlín e familia, como dice la propia Esther Otero —que los trató tanto a ambos—, «foi unha nai, máis que unha irmá». ¡Cuánto la echo en falta...! Escuchar hablar a Carmiña era fascinante. En su casa, frente a la catedral, su hermano —ella le llamaba Alvarito— había escrito, además del ya mencionado Merlín..., su Simbad, As crónicas do sochantre y cientos, tal vez miles, de sus maravillosas columnas. Y créanme si les digo que en el interior de aquella casa se percibía entonces, perfectamente —aunque de alguna mágica manera que yo no sabría explicar—, que el autor de Un hombre que se parecía a Orestes seguía andando por allí.

«Hay que escribir un libro en el que esté todo», te dicen. ¿Un libro...? Lo que hay que hacer es vivir, soñar; y tomar un café de vez en cuando, aunque sea descafeinado.