Gente que hace que el mundo gire, un viejo reino y el sol de un día de fiesta

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

13 may 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Con frecuencia tendemos a pensar que quienes hacen que el mundo gire —a la par que las leyes de la física, de cuyo cumplimiento no se salvan ni los cuerpos celestes— son los autores de esas grandes frases y esos grandes gestos que llenan los libros de historia y que, por una u otra razón, todos recordamos siempre. Pero, conforme el tiempo pasa, cada vez estoy más convencido de que los verdaderos protagonistas —o digamos, mejor, los verdaderos impulsores— del viaje de la humanidad a través de los siglos son otros. ¡Si, sí...! Otros muy distintos. Son, o al menos así me lo parece, todas esas personas que forman parte de la más valiosa —y, por lo general, de la más silenciosa— de las estirpes que pueblan la faz de la tierra: la de la gente buena. Todos conocemos a personas que, un día tras otro, a lo largo de una vida entera y olvidándose de sí mismas, parecen haber convertido en su mayor razón para existir el lograr hacer mejor la vida de los demás. De hecho, si cerramos los ojos durante un instante y nos paramos a pensar en ello, veremos que no conocemos solo una, dos, tres, cuatro o cinco personas así, sino que son muchísimas más las que vemos todos los días actuar de esa manera. Y nadie suele darles las gracias, por cierto. Pero a esa gente no le importa, porque si algo odia es sacarse en procesión a sí misma, y si algo la hace de verdad feliz es abrirles caminos a otros, ayudándoles y, a ser posible, sin que quienes reciben esa ayuda lo sepan.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que se consideraba algo muy feo —en realidad, algo terrible— darle la espalda a quien extendía la mano para pedir ayuda. Y si era alguien de la misma parroquia, ya se procuraba que no tuviera que verse nunca en esa situación, haciéndole llegar, con toda la discreción del mundo, lo que precisase, o, cuando menos, lo que se le pudiese dar.

Había, también, quienes venían por los caminos, de puerta en puerta, y algunas familias ya tenían por costumbre alojarlos para que pudiesen pasar la noche al abrigo, compartiendo con ellos el calor del hogar y lo que hubiese de cena. Era lo que se llamaba —¡cuánto tiempo hace que no escucho eso...!— dar casa cuberta.

Uno de mis primeros recuerdos me lleva a ese mágico territorio, tan querido por mí, que es la Porta da Terra Chá, que hoy forma parte de municipios como el de Guitiriz y que está un poco más allá del Alto de Xestoso, que pertenece a Monfero. En un lugar que me van a permitir ustedes que no cite, un día de fiesta, de camino a una misa que pudiera ser, por ejemplo, en San Pedro do Buriz, como quizás también pudiera ser (no me hagan mucho caso) en Santa María de Labrada, vimos a una señora mayor que, a la puerta de una casita muy pequeña, una casita que en realidad era lo que entonces se llamaba un caseto, lloraba con una especie de cesto en el regazo. A mí me impresionó mucho aquello, porque no entendí que lloraba de emoción y de alegría, no de tristeza.

Aquella señora —me lo explicaron bastantes años más tarde— se vio inmersa en unas dificultades terribles. Entonces, todos sus vecinos (ayudados, además, por los que ya marcharan a vivir a otros lugares, pero procuraban volver a la tierra de sus mayores en las ocasiones más especiales) reunieron lo necesario para poner fin a aquella tragedia, y lo dejaron ante su puerta antes de que amaneciese. Secretamente. Y, por supuesto, en completo silencio.

Cuantos después pasaban por allí, camino del atrio, saludaban a la señora, afectuosos, y fingían no saber qué había en el cesto.

(A lo lejos sonaba una campana. Y el sol brillaba con fuerza. Era el tiempo de la siega).