Adrián Fernández, hijo de Elisa Abruñedo: «Tenemos la esperanza de que pillen al asesino y no destroce a otra familia»

Elba de la Barrera FERROL / LA VOZ

FERROL CIUDAD

Adrián Fernández Abruñedo, hijo de Elisa Abruñedo, en la carretera en la que en 2013 encontraron el cuerpo sin vida de su madre.
Adrián Fernández Abruñedo, hijo de Elisa Abruñedo, en la carretera en la que en 2013 encontraron el cuerpo sin vida de su madre. CESAR TOIMIL

El de su madre, hallada sin vida a escasos metros de la vivienda familiar en 2013, es el más reciente de los cinco crímenes que continúan sin resolver en Ferrolterra

07 dic 2022 . Actualizado a las 10:26 h.

El último homicidio registrado en el área de Ferrol y comarca se remonta a junio del 2020, cuando un joven de 30 años fallecía a causa de un golpe en la cabeza que le propinaron con un palo, a raíz de una discusión en Mañón. El presunto responsable de su muerte, para el que la Fiscalía demanda 11 años de cárcel, se encuentra actualmente en prisión a la espera de juicio. En contraste con este caso en el que propio encausado alertó a los servicios de emergencias al constatar que la víctima se encontraba inconsciente, en el marco de la crónica negra de la comarca destacan cinco capítulos en los que los asesinos, por distintas circunstancias, lograron eludir la acción de la justicia y permanecen en el anonimato. 

Cinco nombres propios de vecinos que perdieron la vida de forma violenta y cuyas familias no han podido recibir, hasta la fecha, las respuestas necesarias para poder afrontar el duelo. El caso más reciente es el de la gerocultora de 46 años, Elisa Abruñedo. La tarde del 1 de septiembre del año 2013, la vecina de Lavandeira, en el término municipal de Cabanas, salió a dar un paseo del que nunca regresaría.

Elisa Abruñedo junto a su esposo.
Elisa Abruñedo junto a su esposo.

Ante la tardanza de Elisa, su marido y sus dos hijos iniciaron una batida por los alrededores que resultó infructuosa y que motivó que, a la mañana siguiente, se formalizase la denuncia por la desaparición de Abruñedo.

Pasarían muy pocas horas hasta que un vecino, a la caída de la tarde del día posterior a la desaparición de la gerocultora, localizase su cuerpo sin vida en una zona de monte, próxima a la carretera y a escasos metros del domicilio familiar de la víctima. El hallazgo conmocionó a los residentes del lugar, que llegaron a convocar concentraciones multitudinarias para reclamar que se esclareciese quién había sido la persona responsable de la muerte y violación de Abruñedo. 

Concentración multitudinaria celebrada, en Cabanas, en el año 2014 en memoria de Elisa Abruñedo.
Concentración multitudinaria celebrada, en Cabanas, en el año 2014 en memoria de Elisa Abruñedo. CÉSAR TOIMIL

Año y medio después del suceso, el esposo de Elisa, Manuel Fernández Martínez, perdió la vida en un accidente laboral en la estación naval de A Graña. Sus dos hijos, Adrián y Álvaro, cogían entonces el testigo del caso de su madre, con la finalidad de poder dar con el responsable del asesinato de Elisa. Hace escasos meses, en agosto, agentes de la UCO, la unidad encargada del asesinato de Diana Quer, se personaron en la localidad de Cabanas, con el objetivo de poder realizar nuevas pruebas forenses en el escenario del crimen. 

Además, la Guardia Civil ha estado llevando a cabo diversos cribados de ADN, en distintos puntos de la comarca del Eume y la localidad de Valdoviño, con la finalidad de lograr extraer alguna coincidencia con el perfil genético de los restos biológicos hallados tras la comisión del crimen y que al ser cotejados en las bases de datos policiales no se correspondían con ninguna de las personas fichadas, imposibilitando la identificación del asesino de Elisa por esta vía. Por el momento no ha trascendido si las nuevas gestiones practicadas por los encargados de la investigación han arrojado alguna luz que permita otorgar respuestas a los hijos de Abruñedo. 

El hijo de Elisa Abruñedo saliendo del domicilio familiar de Cabanas del que su madre partió para dar un paseo del que no regresó, en septiembre del año 2013.
El hijo de Elisa Abruñedo saliendo del domicilio familiar de Cabanas del que su madre partió para dar un paseo del que no regresó, en septiembre del año 2013. CESAR TOIMIL

Adrián Fernández: «Tenemos la esperanza de que lo pillen cuanto antes y no destroce otra familia»

«Esperanza tenemos porque sigue habiendo movimiento», subraya Adrián Fernández, hijo primogénito de Elisa Abruñedo, que confiesa, además, que, a pesar de la ausencia de novedades o de la no trascendencia de las gestiones a los medios de comunicación, esto es algo con lo que, tanto él como su hermano, «tenemos con nosotros, no lo vamos a olvidar». 

Fruto de su perseverancia, Adrián ha podido cerrar otro duro capítulo de su vida. Este mes de julio, siete años después del accidente laboral que se cobró la vida de su padre, el joven alcanzó un acuerdo económico con la aseguradora en concepto de indemnización, según él mismo relata. «Siempre s¡digo que soy muy cabezón y hasta que no consigo algo no paro y esto me da la razón», subraya Fernández, que ahora se centra en poder poner rostro a la persona que le dejó huérfano de madre. 

«La labor de la Guardia Civil ha permitido descartar a muchas personas, tanto a través de los cribados como de los interrogatorios», explica Adrián. En este sentido, agradece que los agentes al cargo de la investigación hayan colaborado a disipar las sospechas que se agolpaban en su cabeza. «Siempre te planteas que pueda ser alguien conocido y la Guardia Civil siempre nos escuchó y ahora tenemos la tranquilidad, al menos, de que no ha sido ningún vecino o persona cercana», concluye el hijo de Abruñedo. 

«Tenemos la esperanza de que lo pillen cuanto antes y no destroce a otra familia», explica Abruñedo que subraya que «tardé o temprano caerá».  Y es que el joven, que lleva nueve años aguardando la resolución del caso de su madre, tiene el firme convencimiento de que verá a su asesino entre rejas.

Limpieza del lugar del asesinato de José Romero en O Inferniño, en el año 2009.
Limpieza del lugar del asesinato de José Romero en O Inferniño, en el año 2009. José Pardo

Apuñalamiento nocturno en O Inferniño 

Cuatro años antes, en O Inferniño, durante la madrugada del 2 de agosto de 2009, un charco de sangre, situado a escasos metros del centro cultural Carvalho Calero, llamaba la atención de un vecino de la zona, que regresaba de guardar el coche tras un viaje. Según relataba el principal testigo a La Voz, «vi una persona tendida en el suelo, boca abajo, con sangre alrededor. Le toqué un poco con el pie para ver si estaba vivo y él se dio la vuelta, intentó incorporarse y agarrarse a mí, pero le dieron unos estertores y ya murió», destacaba años después del suceso la persona que encontró a José Romero, nedense de 40 años, que pernoctaba en la calle después haber sido expulsado de la buhardilla en la que residía tras un incendio originado presuntamente por una colilla.

La única pista para los agentes al cargo de la investigación fueron las huellas de las botas ensangrentadas que el asesino dejó en la escena del apuñalamiento perpetrado contra José Romero. 

La Policía Nacional, que se hizo cargo del caso, tomó declaración en varias ocasiones al vecino que localizó a Romero y que alertó a los servicios de emergencias cuando todavía tenía un halo de vida. Esta vía quedó descartada rápidamente  porque el calzado que portaba no era coincidente con las pisadas que se habían convertido en hilo prioritario del que tirar y porque el varón, que prestó auxilio a a la víctima, pudo presentar un tique de una gasolinera que probaba que se encontraba viajando en el momento de los hechos. 

La principal hipótesis que barajó la policía fue la posibilidad de que Romero falleciese a causa de una trifulca con otro vagabundo, que solía pernoctar también en la zona, aunque nunca se pudo probar su autoría. El caso permanece sin resolver más de trece años después. 

Asesinado a la salida de la discoteca Zebra

El de Jesús Rivas, más conocido como Suso Pericas, fue un homicidio que marcó durante años la crónica de la noche ferrolana. El  popular portero de la extinta discoteca Zebra, puso rumbo a su domicilio, en torno a las ocho de la mañana, después de una larga jornada de trabajo. Era 9 de septiembre del año 2006 y Suso, con el casco colocado en el antebrazo, arrancó su ciclomotor y enfiló la calle Coruña, con destino al barrio de Esteiro. Nada hacía presagiar que ese gesto sería determinante porque, al llegar al cruce con la calle del Sol, una figura agazapada emergió de entre dos coches y le propinó un estacazo en la cabeza. El golpe resultó mortal. 

Multitudinaria asistencia al sepelio de Jesús Rivas, asesinado cuando se dirigía a su domicilio tras salir de trabajar de la discoteca en la que ejercía de portero.
Multitudinaria asistencia al sepelio de Jesús Rivas, asesinado cuando se dirigía a su domicilio tras salir de trabajar de la discoteca en la que ejercía de portero. JOSE PARDO

El homicida emprendió la huida a pie, no sin antes descargar varios golpes más sobre el portero ferrolano. Se iniciaba, así, la carrera contrarreloj de la policía para tratar de recabar pistas sobre la identidad del asesino. Varios testigos de los hechos fueron interrogados, con la finalidad de conocer algún detalle característico de la fisonomía del agresor. Las gestiones practicadas derivaron en la confección de un retrato robot que dirigió el foco a un varón, de origen brasileño, que había llegado a alardear en un bar de la autoría del homicidio. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tenían la certeza de haber localizado al responsable del crimen de Zebra.

La ronda de reconocimiento realizada para corroborar la declaración inicial de los testigos oculares provocaría un giro de 180 grados que dejaría, de nuevo, a los investigadores en la casilla de salida. Una de las personas que trasladó datos sobre los rasgos del detenido afirmó creer que se trataba del posible autor, aunque no pudo asegurarlo. Otra de las personas que llegó a ver el rostro del asesino de Jesús no logró identificar a ninguno, pese a aseverar que podía ser uno de los participantes de la rueda. El tercero señaló que no podía decantarse por ninguno de los presentes por no haber visto la cara del agresor. Por último, el cuarto testimonio, que resultó clave en la investigación, aseguró que ninguno de los varones participantes se correspondía con el del atacante de Suso. 

Vehículo en el que se localizó un palo, coincidente con el arma que emplearon para matar a Jesús Rivas.
Vehículo en el que se localizó un palo, coincidente con el arma que emplearon para matar a Jesús Rivas. JOSE PARDO

Un coche sustraído, con matrícula de Lugo y localizado en un camino de Pazos, abrió una nueva línea de investigación policial que, como en este caso, acabaría conduciendo a un nuevo callejón sin salida. Agentes especializados tomaron huellas y recogieron un palo con manchas de color rojo oscuro, que encajaba con la descripción del arma homicida. Las gestiones practicadas no lograron vincular el automóvil con la mañana de autos y el caso entró en un punto muerto. En junio de 2007, el juez resolvió archivar la causa ante la falta de pruebas. Desde la comisaría de Ferrol-Narón, los agentes mantuvieron siempre la convicción de que el principal sospechoso había sido la persona responsable de causarle la muerte a Jesús Rivas.

Abatido a tiros en una gasolinera de Laraxe

Miguel Ángel Sánchez Bouza, de 26 años, fue hallado muerto en su puesto de trabajo, en un gasolinera de Laraxe, en el término municipal de Cabanas, en febrero de 1999. Según la información recabada, el joven, que falleció poco después a causa de los múltiples impactos de bala que recibió en distintas partes del cuerpo, realizó una llamada a su domicilio poco después de las 22.30 horas de la noche de autos. La conversación se vio interrumpida por la llegada de un cliente. Sería la última vez que los suyos establecerían contacto con Miguel Ángel. 

Un proyectil alojado en el cerebro, dos en el tórax, otro que logró atravesar el brazo derecho de la víctima y uno en el abdomen evidencian en el ensañamiento de los responsables del crimen. Apenas dos meses después del suceso, que se produjo en una zona despoblada y que tan solo fue escuchado por un residente que achacó los balazos a un problema automovilístico en la carretera, la Guardia Civil y la Policía detenían a dos personas, en calidad de autor y de encubridor por  los hechos de la noche del 23 de febrero. Finalmente, ante la falta de pruebas contundentes, el juez decretó el archivo provisional de las diligencias judiciales en mayo de ese mismo año. 

Apuñalamiento múltiple a una sexagenaria en su casa de Serantes

El capítulo más antiguo de la crónica negra ferrolana se remonta a hace tres décadas. En julio de 1992, Amalia Orjales fue apuñalada una veintena de veces en su domicilio de Los Corrales, en la parroquia de Serantes. El crimen, ya prescrito, causó gran conmoción entre el vecindario de esta mujer de 67 años de edad, que fue vista esa misma tarde cuando salió de casa para ir a buscar agua a la fuente. Su asesino la sorprendió mientras veía la televisión y su cadáver fue hallado horas después por un familiar. El hilo de voz del aparato permanecía encendido en un escenario en el que el asesino fue dejando todo un reguero de huellas, en el alféizar de la ventana, por la que emprendió la fuga.

Desde el seno de la investigación se barajó, desde un primer momento, el móvil económico como causa del asesinato. Y es que, según la información que trascendió los días posteriores, se hallaron evidencias de que el autor material de la muerte de Amalia había estado buscando dinero oculto en una manta eléctrica, que la ferrolana guardaba para llevar a cabo unas reformas en su vivienda. El dinero, 300.000 pesetas, fue localizado posteriormente en otra manta que la víctima tenía en en domicilio, dejando entrever que la persona que irrumpió en su casa tenía conocimiento de la existencia de efectivo en la misma. 

La gran afluencia de vecinos, familiares y equipos policiales en la escena propiciaron la contaminación de las potenciales pruebas del delito, motivando que la Policía Científica no fuese capaz de aislar las huellas del agresor de Amalia, en una época en la que no existían los protocolos y los medios con los que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado realizan hoy en día su labor y en la que las pruebas de ADN se encontraban en fase embrionaria.

El interrogatorio a tres personas y el desbroce de la maleza de las lindes de la vivienda no permitieron obtener pruebas de cargo contundentes para formalizar una acusación sobre lo ocurrido en la vivienda de Los Corrales, el 5 de julio de 1992. Distintos escenarios y motivos, con un nexo común. Los responsables de estas acciones violentas permanecen, a día de hoy, amparados por la seguridad que les brinda el anonimato.