Visionario y cumplidor

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL CIUDAD

20 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Soy de los que creo que a los grandes escritores ya desaparecidos hay que recordarlos siempre que haya ocasión para hacerlo. Y un buen motivo, no el único, es el aniversario de su nacimiento o de su muerte. Por eso me dio pena que la comitiva municipal de Ferrol rompiese la tradición de desplazarse hasta el cementerio de Serantes en el reciente 23º aniversario del fallecimiento de Torrente (con mascarilla y al aire libre poco riesgo covid podría haber) y por eso, también, asistí con gusto al sencillo homenaje que se le dedicó en Finisterre, el mes pasado, a Camilo J. Cela, con motivo del 20º aniversario de su muerte, organizado por un empresario hostelero local y el ayuntamiento fisterrán. Allí se acuerdan de que Cela pasó algunos veranos en el pueblo marinero para escribir su novela Madera de boj, un canto épico a la Costa da Morte y a su centro legendario que es Finisterre. Lo recuerdan y se lo agradecen.

Hoy quiero, desde esta columna, escribir unas palabras que evoquen la figura y la obra de este gran escritor que fue Cela. Y lo haré centrándome en dos cuestiones que a mí siempre me llamaron la atención. Una: sus dotes para prever el futuro; otra, su tenacidad y voluntad indesmayable para cumplir lo previsto y anunciado. Para la explicación de estos dos aspectos, tengo que remontarme tiempo atrás, concretamente a 1947, cuando Cela es entrevistado en el periódico compostelano La Noche, por su director Borobó. En esa entrevista dice: «no renuncio a hacer oposiciones a la posteridad», y más adelante: «pretendo hacer de mi casa natal un museo propio y de mi generación». Y Cela hizo realidad los dos deseos: ahí está su sitio de honor en la posteridad con el premio Nobel bajo el brazo, y aquí tenemos esa Fundación creada por él, que es un regalo impagable para el mundo cultural de Galicia.

En cuanto a la segunda cuestión que quiero reseñar, vuelvo de nuevo a esa entrevista de La Noche, en la que también decía: «Pienso escribir una trilogía de novelas gallegas: la heroica novela del mar; la epicúrea novela del valle y la dura novela de la montaña. El sitio elegido para la segunda es el Ullán y, naturalmente, su corazón Iria Flavia». Recuerdo, de nuevo, la fecha de la entrevista: 1947. En ese momento, Cela ya era un escritor popular, pues había alcanzado un éxito rotundo con La familia de Pascual Duarte (1942). Y ya tenía muy claro las novelas de tema gallego que escribiría en el futuro. Y lo hizo. No por el orden que señalaba, pero el caso es que esas tres novelas se escribieron y pasaron a ser jalones importantes en el difícil camino de la buena literatura. La primera fue La rosa (1959), que viene a ser una deliciosa autobiografía de sus años infantiles en su Iria Flavia natal, en Cangas y en Tuy, destinos de su padre, funcionario de aduanas. La segunda, «la dura novela de montaña», es Mazurca para dos muertos (1983): un retrato perfecto de Galicia durante la guerra civil (la acción abarca desde 1936 a 1940). Decía Basilio Losada que esta novela puede que sea, junto a Flor de Santidad y Las comedias bárbaras, de Valle-Inclán, y Los pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán, el mejor intento realizado desde el castellano para mostrar los tópicos y las realidades del alma gallega. Y la tercera, «la heroica novela del mar», es Madera de boj (1999), por cuyas páginas desfilan naufragios de barcos, tempestades y los misterios del sol fundiéndose con el mar de Finisterre. Desde los acantilados de esta costa iba cada verano escribiendo la novela. Por eso la gente de allí no lo olvida.