Las mesas de mármol y la misteriosa naturaleza del milagro

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

12 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Pues resulta que acababa yo de comprarme el nuevo libro de José Estaban, Café Gijón, editado por Reino de Cordelia, magníficamente ilustrado por Javier de Juan y de una prosa bellísima, una delicia, y que me disponía a celebrar la adquisición con un café solo —una vez más, descafeinado— ante la mesa de mármol blanco desde la que suelo escribirles a ustedes cada semana, cuando, al mencionar a Juan Benet, cuya literatura admiro inmensamente y a quien tanto me gustaría haber conocido, mi amigo Manuel me desveló que él no solo llegó a conocerlo, sino que en los años ochenta fue uno de los ingenieros que trabajaron a su lado —en la cumbre de la ingeniería, Benet dirigió algunas de las más grandes obras públicas españolas de su tiempo—, y que de hecho tuvo ocasión de participar en largas y luminosas conversaciones de sobremesa que invariablemente, antes o después, acababan por convertirse siempre en largos monólogos del autor de Volverás a Región que todos cuantos allí estaban (desde entonces, y para siempre, rendidos benetianos) escuchaban admirados. A través de Benet, Manuel conoció también a Carmen Martín Gaite, a la que el escritor, como ustedes saben, estuvo unido por una gran amistad, como antes lo había estado —hasta la prematura y dramática desaparición del autor de Tiempo de silencio— a Luis Martín-Santos. Me gusta pensar que tal vez Benet, que sentía un sincero afecto por Galicia y sobre todo por su costa atlántica, estuvo en alguna ocasión en Ferrol (cosa bastante improbable, todo sea dicho de paso, puesto que si así fuese se lo habría comentado a Manuel, y de eso jamás le dijo nada). Porque llega un momento en el que, a los que somos muy aficionados a la literatura, nos gusta fabular con la posibilidad de que los escritores que veneramos viesen lo que nosotros vemos, los mismos paisajes. Por cierto: gran amigo también de Benet fue Alfredo Conde, Premio Nacional de Literatura y escritor que el viernes visitó Ferrol para presentar su nuevo libro, A propósito de Fraga, en un acto en el que estuvo acompañado por Esperanza Piñeiro de San Miguel y por Xoán Rubia. A media tarde, poco antes de la presentación, estuvimos conversando un rato, y —mientras tomábamos otro café, sentados ante la mesa de mármol blanco de la que les hablé antes— Alfredo se preguntaba cuántos lectores tiene hoy, de verdad, la gran literatura. Y, en este sentido, Conde citaba, además de a Benet, a otros dos grandes narradores de los que también fue muy amigo: Torrente Ballester y Cela. La pregunta no tiene fácil respuesta. O, al menos, así me lo parece, vaya. Sin embargo, estoy convencido de que la alta literatura perdurará. Siempre. Contra viento y marea. Porque el ser humano necesita vivir más vidas que una, y porque quien pierde la capacidad de soñar corre el riesgo de dejarse arrastrar por la nada. Sí, ojalá yo pudiese volver a leer los libros que leí de niño... con los ojos de entonces. Unos ojos que aún no habían tenido que contemplar el verdadero rostro de la condición humana, y que todavía sabían reconocer la presencia del prodigio, la misteriosa naturaleza del milagro.