Una vida buena

José Picado

FERROL CIUDAD

21 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Durante siglos se definió la salud como ausencia de enfermedad. Estar sano era no estar enfermo. Estar enfermo, habitualmente, era morir. La vida era corta y, para la mayoría de la población, penosa. Hasta no hace mucho la esperanza de vida en nuestro país no llegaba a los cincuenta años, como ahora en algunas zonas del tercer mundo. Un porcentaje muy pequeño de la población cumplía los sesenta y vivía lo que Aristóteles definió como una vida buena. El maestro filósofo, nacido hace poco más de 2.300 años, creía que la actividad humana tendía hacia un bien superior, la felicidad. Se conseguía a través de una vida activa comprometida con la realización de las capacidades innatas. Una vida buena sería lo opuesto a darse la buena vida o tener una gran vidorra, en términos más castizos. La corriente aristotélica apostaba por un estilo de vida enmarcado en la sencillez, honestidad, frugalidad en el consumo, solidaridad con los congéneres y respeto por la naturaleza. Quien la pudiese disfrutar no encontraría sentido a ponerle fin, a suicidarse.

El suicidio creció en España un 7,4 % en 2020 según el INE. Cerca de 3.000 hombres y más de 1.000 mujeres pusieron fin a su vida en el primer año pandémico, colocando al suicidio como la tercera causa de muerte. Fueron 4.000 personas de todas las edades, entornos, profesiones y grupos sociales las que consideraron que no tenían una vida buena y decidieron ponerle fin. La gran mayoría habían solicitado algún tipo de ayuda. El CIS calculó que un poco más del 6 % de la población acudió a servicios de psiquiatría o psicología desde el inicio de la pandemia por causas como estrés, ansiedad, depresión, insomnio, problemas alimentarios, falta de energía y motivación. Casi tres millones de ciudadanos demandaron terapia y cuidados en salud mental a un sistema de salud, el español, muy deficitario en estas áreas. Aquí hay menos psiquiatras, psicólogos y enfermeros especializados en salud mental que en la media de Europa. La OMS, en su Atlas de Salud Mental de 2020, señala en nuestro país escasez de profesionales y medios adecuados para alcanzar un nivel aceptable de promoción y prevención en salud mental.

Hoy no se define la salud como ausencia de enfermedad. Hoy se proclama que no hay salud si no hay salud mental. En una zona deprimida como este rincón del noroeste llevamos varias décadas afrontando el déficit de no tener una vida de calidad. El doctor Quintanilla Ulla, alcalde, escritor y académico, publicó un pequeño estudio en 1994 titulado El complejo mundo del suicidio. Ferrol y Galicia presentaban entonces —y presentan ahora— unas cifras alarmantes de personas que ponen fin a su vida.