Luz al otro lado del río y eternidad de Darío Xohán Cabana

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

21 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Es cierto: la verdadera medida de un escritor —de su obra— la da el paso del tiempo. Pero de Darío Xohán Cabana, que ahora habita la eternidad, bien puede decirse que, habiendo sido ya un clásico en vida, lo será para siempre desde este otoño en el que la Terra Chá ha visto marchar una voz que no se parecía a ninguna otra. La muerte del autor de O cervo na torre ha dejado tras de sí un inmenso vacío, pero nos quedan sus libros. que son todos ellos un tesoro de palabras y de sueños nacido de un país infinitamente más grande en el corazón que en los mapas. Por cierto, O cervo na torre, la novela que acabo de citar, uno de los grandes monumentos de la literatura en lengua gallega, nació para el mundo, en cierta medida, desde Ferrol, porque —y ya sabrán ustedes disculparme el inciso, pero no me resisto a recordarlo— ganó el Premio Xerais en 1994, cuando el antiguo Hospital de Caridad, el Centro Cultural Torrente Ballester, acogió el fallo del certamen. ¡Qué rápido corre el tiempo...! No sé si ustedes lo habrán notado, pero yo, que era amigo de Darío desde hace muchos, muchísimos años, y que quiero decir en voz bien alta que sus libros han hecho mejor mi vida y me ayudaron a seguir caminando en momentos que no siempre fueron fáciles, estoy haciendo hoy todo lo posible por no emocionarme. Él era, además de un grandísimo escritor, un ser humano irrepetible. Se enfadaba de vez en cuando, sí, y de hecho se enfadaba tremendamente cuando sentía que algo hería su visión del mundo, pero hasta enfadado inspiraba ternura, porque era la bondad personificada. Tengo aquí, a mi lado, entre tantos otros recuerdos, palabras que me envió a través de la niebla: «Acabo de ler o que acabas de escribir de min, e aínda que hiperbolices, como tes de costume comigo, fixéchesme algo no corazón. Aquí estou, xubilado e retirado de todo, en Romeán, cos meus (...). Non noto a diferenza, pois case non saía da casa, non por non poder, senón por non ter gana...». Y también, por ejemplo, la dedicatoria de su formidable traducción de Petrarca, en la que cada letra parece un dibujo labrado en la piedra por quienes habitaron este rincón del mundo en lo más hondo de las edades. Soy perfectamente consciente de que a estas horas Darío, donde la luz del hogar no se apaga nunca (donde sabe, por fin, lo que a todos, antes o después, nos será desvelado), está con Dante y con Cunqueiro, con Noriega Varela y con Manuel María. Fue precisamente a Manuel María, gran amigo suyo del que decía sentirse discípulo, a quien sucedió en el 2006 en la Real Academia Galega. Le hice entonces una entrevista en la que me contó que se sentía el continuador de una dinastía, la de los «escritores radicalmente vencellados a unha terra e á fidelidade á nosa estirpe». Del «sentimento físico do contacto e da loita coa terra» hablaba con verdadero entusiasmo, y aseguraba, de hecho, que «cando un apañou patacas polas leiras, sente o peso desa terra entre os dedos». Sin Darío, todo un reino es ahora más pequeño. Él nunca se pareció a nadie. Jamás. Pero yo aquí, frente al mar de Ferrol, cuando escucho el canto de los pájaros de la noche, cierro los ojos y lo veo de nuevo, labrando la madera (qué gran carpintero era) mientras el pan se cuece. Venía de «campesiños pobres da Terra Chá de Lugo». Qué noble y maravilloso linaje.