Escritura

José Varela FAÍSCAS

FERROL CIUDAD

21 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Me venció el sueño cuando vagaba por el lago Mareotis un ocaso de bronce bajo un cielo violáceo de nubes manchadas de sangre. Sucumbo devotamente al embrujo dulce de la prosa de Lawrence Durrell cuando describe Alenjadría: me sumerge en el encantamiento como un narcótico. Divago con que la creación de un escritor es como una flor que el lector poliniza, y como quiera que este la explora después de posarse en otras muchas, la fecundación de cada lectura aun de un mismo relato crea un fruto diferente, tal vez de una variedad única: el ensalmo no fructifica si no es con la lectura. Me fascinan los autores que soban el texto incansablemente una y otra vez y siempre tropiezan en imperfecciones, que lo manosean meticulosamente como un carpintero comprueba la tersura de la madera que cepilla, que lo arrugan y lo extienden después para ver el efecto que hacen las sombras al contraluz de su exigencia moral. Disfruto con el goce de los escritores que, a fuerza de frotarlo, calientan el lenguaje hasta que revienta en flores con pétalos de palabras de colores y aromas que extraen recuerdos de la memoria que ya creíamos hundida en oscuras profundidades insondables. Sucumbo al espectáculo sonoro, a la cadencia del silabeo silente de un texto pasado por el yunque de la soledad, al ritmo de la pulsión creadora, porque adivino la búsqueda y el sudor que esconde cada frase, el ruido que producen las palabras al encajarse en la oración como setelas en un mosaico o piezas de madera en una taracea. Admiro el pánico al impudor de la desnudez: el autor auténtico se reconoce porque escribe en pelota picada. El resto es simulación, amaneramiento, impostura, plagio… oficio.