Ferrol, el arte de volar alto y todo lo que no se parece a nada

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL CIUDAD

03 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay ciudades que son únicas por mil razones y que no se parecen a ningún otro lugar. Como Ferrol, sin ir más lejos. Permítaseme insistir en ello. Y algo muy similar sucede con ciertos escritores: hay autores, como Torrente Ballester, a los que afortunadamente no es fácil colgarles etiquetas, y menos aún encasillarlos, porque -para mayor alegría de todos sus lectores- a su obra siempre le salen ramas nuevas. Anoche, en una de esas largas conversaciones que poco a poco van regresando a nuestras vidas tras un tiempo de soledad como el que nos tocó vivir, unos amigos, que conocen muy bien la obra de Torrente pero que en realidad no conocían Ferrol -ciudad que los dejó fascinados, y que imaginaban como algo muy diferente-, me preguntaban, mientras tomábamos café, mi opinión sobre el hecho de a día de hoy, en un siglo en el que todo parece estar siempre al alcance de la mano, siga habiendo, paradójicamente, tantos y tantos lugares a los que nunca se acaba de conocer del todo. Además de tanta literatura -tantas obras de arte, en general- con la que sucede algo muy parecido. Y yo les dije la verdad: que no lo sé. Me habría gustado, por supuesto, poder darles alguna respuesta ingeniosa, o cuando menos sensata, pero no es el caso. Hay cuestiones -de hecho, cada día más- que no podré entender nunca. Aunque sí me atrevería a decir que Ferrol, más allá del lugar que ocupa en los mapas, es tan grande -por su patrimonio, por su historia, por lo que simboliza, por lo que le ha regalado al mundo en ámbitos como los de la construcción naval o la lucha por las libertades...- que para verlo en su verdadera dimensión es necesario buscar una buena perspectiva, y por supuesto mirarlo desde la distancia adecuada. Igual que sucede con la obra de Torrente Ballester, autor que, como contaba Carlos Casares, tuvo muy cerca el Premio Nobel, y que sin embargo no quiso dar ni el más mínimo paso para obtenerlo; de hecho, ni siquiera accedió a ir a Estocolmo a impartir la conferencia que un famosísimo académico sueco de la época trataba de organizarle. Intentar volar alto y mirar lejos -permítasenos el inciso- es algo muy conveniente. Y el propio Casares, que era un gran amigo de Torrente y que además sentía un profundo afecto por Ferrol -siempre decía que los sucesos del Diez de Marzo del 72 habían sido un hito fundamental en la lucha contra la dictadura y en el camino hacia la democracia-, solía comentar que no pasa nada porque a la gente no le guste la literatura. Pero él sabía mejor que nadie que los libros pueden hacer mejor nuestras vidas. Como sabía mejor que nadie, también, que una ciudad, si uno de verdad desea adentrarse en ella con los ojos del corazón, puede ser nueva todos los días. A pesar de que no habitamos el mejor de los tiempos posibles, yo creo que Ferrol (Ferrol y todo lo que tiene que ver con Ferrol) va a ir conquistando una presencia cada vez mayor en el mundo. La presencia que merece por su viaje a través del tiempo, por la belleza de su paisaje y de su arquitectura, por su contribución a la ciencia y por todo cuanto le ha dado al arte. Y con la literatura de Torrente, ya lo verán, sucederá otro tanto. Relean Dafne y ensueños, por favor. Ahí está la clave. Ahí está, de hecho, casi todo. Por cierto: mientras les escribo, en este preciso instante, ha comenzado a llover de nuevo. «Mansamente» y borrando la «raya del monte», como en el arranque de Mazurca para dos muertos, que es, para mi gusto particular, una de las mejores novelas de Cela. Pocas cosas hay más literarias que borrar el horizonte, ¿no creen? Pero siempre con los ojos abiertos. «Todo home é un misterio, por iso non hai que xulgar a ninguén, senón buscar o mellor de cada un», decía Araúxo Iglesias.