La máscara

José Varela FAÍSCAS

FERROL CIUDAD

19 sep 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Me place el mar cuando se encalma. Es domingo por la tarde, creo, y el Atlántico se sacudió en O Rodo, la playa de Pantín, a los surfistas encaramados a su lomo como un setter peludo asperja las gotas al salir del agua. Cuando la marea es una balsa y las olas se aplanan, hasta los más pertinaces tablistas buscan cobijo tierra adentro. El mar, entonces, es para los niños, para sus madres y sus abuelos: en ese momento del verano es un mar familiar y doméstico, y el ruido de la playa es como un gallinero de voces infantiles y asustados gritos inocentes. Se diría que, ahíto de espuma y con la laringe desgarrada por los rugidos rutinarios como de quien ejecuta con tesón el trabajo que se espera de él, el mar capitula ante la poderosa fragilidad de la infancia, y, como un viejo mastín, se somete de grado al manoseo de los chiquillos, que levantan en la arena sus particulares polders. El paciente océano se deja hacer, se allana al chapoteo y empuja, mansamente, impotente, con blandos empellones, esas barreras de arena erguidas por las manitas laboriosas de los pequeños, o se abandona al pellizco de los cubitos de plástico. Quién sabe si, hastiado de las cabalgadas impenitentes de las tablas que con las púas de sus quillas le desenredan las guedejas de espuma de las crestas, tras un verano de olas, echaba en falta las cosquillas de los aprendices de zapadores antes de pertrecharse para los feroces trajines invernales. Nunca sabré si es en esos lapsos de sosiego, cuando engatusa a mis nietas y las transfigura en siluetas de un cuadro de Sorolla, cuando el mar recatadamente se muestra como es, y su fiereza no es más que una máscara para ganarse el respeto.