Trazas de la maestría de Ucha

José Picado FERROL

FERROL CIUDAD

27 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Ferrol crecía. El Plan de Escuadra de Ferrándiz permitió que la Armada encargase cañoneras y acorazados a tutiplén. Del astillero salían ruidos de remachadoras hasta por las noches. Llegaron los ingleses de Vickers y reactivaron la Constructora Naval. Trajeron a sus familias, su disciplina, sus métodos de organización industrial y sus dineros. Volvieron muchos industriales que hicieron fortuna en Cuba y se asentaron comerciantes y pequeños burgueses de otros puntos de España. Aquel Ferrol de principios del siglo XX vio mejor por las noches gracias al nuevo alumbrado eléctrico. Llegó el teléfono, el automóvil, el tranvía, el ferrocarril. Se abrían nuevos cafés, teatros y salones de baile. Había más periódicos y causaba furor el mágico cinematógrafo. El censo de habitantes no paraba de aumentar y con él las casas, los niños, el comercio. Ferrol crecía -permítanme repetirlo- como lo hizo muy pocas veces en su historia.

El 1909 volvió Rodolfo Ucha de Madrid con el título de arquitecto bajo el brazo. Había vivido la potencia y expresividad del magisterio de Antonio Palacios, pero también había colaborado en la Academia de San Fernando en medio de las delicadas formas de las bellas artes. Ucha, diestro en la perfección del dibujo, tuvo la grandeza de comportarse el resto de su vida como un maestro en aprendizaje permanente, un arquitecto curioso y abierto siempre a las nuevas ideas y corrientes emergentes en España y Europa.

Se observan en su obra trazas -bellísima palabra dicha por el profesor Fernando Bores al tiempo que dibujaba líneas en el aire con sus manos- de los maestros del Art Nouveau: Horta, Mackintosh y Gaudí. Aprendía de y con sus colegas más cercanos: Galán, González Villar, Carvajal. Cuidaba de sus libros y revistas extranjeras, como la Moderne Bauformen alemana.