Ante dos leones, el mirlo cantando


Permítanme comunicarles, con la mayor de las satisfacciones, que mientras hoy les escribo esta columna -que es también un poco un dietario, pero sobre todo esa carta que cada semana les mando, queridos amigos, a todos ustedes, y disculpen que de nuevo lo subraye- ya canta el mirlo al otro lado de la ventana. Prueba irrefutable, o al menos así me lo parece, de que el invierno comienza a batirse en retirada. ¡Extraordinario personaje el mirlo, sí señor! Ave de dorado pico y de «voz de plata», como tan hermosamente proclamó en sus versos Lord Alfred Tennyson, primer barón de lo mismo y uno de los más grandes poetas que han caminado sobre la faz de la tierra. Quien además, y por lo que se cuenta, descendía en línea directa de los viejos reyes de Inglaterra, circunstancia que jamás le ayudó mucho a llegar a fin de mes, todo sea dicho de paso. El mirlo, como nadie ignora, da sus conciertos, sobre todo, al abrir el día y cuando el sol marcha. Y su canto, ya se eleve a la luz del amanecer o a la que señala el Poniente, siempre es distinto, porque posee un repertorio inmenso. Este de aquí, el que en este instante canta tras los cristales, parece tener ya sus años. Cuando no está por las alturas, entre las ramas de los árboles, le gusta posarse sobre la hierba mojada, bajo unas viejas piedras que probablemente pertenecieron a alguna capilla que ya no existe, y que más tarde fueron reutilizadas en una segunda construcción que el tiempo también se ha llevado. Piedras entre las que hay, además de un arco conopial muy bello, un dintel en el que, a ambos lados de una cruz de los sanjuanistas, están labrados dos leones rampantes. Leones que, por cierto, a nuestro amigo el mirlo no lo inquietan ni lo más mínimo. Se conoce que él, artista de tanto entusiasmo, es más de habitar el presente que de envolverse en imaginaciones. No se me olvide anotar que el pequeño río que corre junto a esas piedras labradas, el que le hace al mirlo los coros, se une al mar aquí al lado, en la ribera sur de la ría, frente a ese Ferrol que está llamado a ser Patrimonio de la Humanidad. Un Ferrol al que la Ilustración convirtió en el siglo XVIII en un lugar único, pero cuyos orígenes se remontan al fondo de los edades, como intuye el mirlo y como bien saben esos dos grandes felinos de piedra a los que él les canta. Donde Europa comienza, el mar de Ferrol siempre une, jamás separa.

Conoce nuestra newsletter con toda la actualidad de Ferrol

Hemos creado para ti una selección de noticias de la ciudad y su área metropolitana para que las recibas en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
11 votos
Comentarios

Ante dos leones, el mirlo cantando