Contrastes evitables


Este confinamiento perimetral, en Ferrol lo solventamos con excursiones a la zona de Doniños, San Jorge, Esmelle, Cobas, que es el campo de acción que tenemos para expansionarnos cuando el tiempo lo permite, claro. El fin de semana pasado, Doniños estaba abarrotado de coches y de gente paseando al aire libre. Con mi mujer y uno de los hijos me acerqué hasta el faro de Cabo Prior, un panorama impresionante que el chico, ya con bastantes años por tierras sevillanas, echaba de menos. El mar inmenso, el viento recalcitrante, el cielo gris y la costa cortada a cuchillo, constituyen un paisaje tan rotundo y verdadero, que se hace necesario visitarlo de vez en cuando para mantener fresco su recuerdo. La pena es que, cuando dejas de mirar al mar y a la costa abrupta que lo contiene, te encuentras por los alrededores con las ruinas de lo que fueron unos barracones militares que estuvieron adscritos al regimiento Mérida, de Ferrol, y que después fueron utilizados para maniobras de tiro de los soldados de este cuartel.

El contraste es penoso: abandono y fealdad, invasión de tojos y maleza. La desidia y el poco aprecio que sentimos por los entornos naturales hace que ninguna Administración (central, autonómica, local) se haya interesado por mantener adecentadas aquellas instalaciones, y limpio y cuidado el campo que las circunda. Así, la satisfacción que el visitante siente contemplando el mar no se convertiría en decepción y pena al encontrarse con el panorama asilvestrado que domina el entorno rural del viejo recinto. Pero somos así: malgastamos el dinero público en mantener políticos, asesores, consejeros, etc., pero lloramos los pocos euros que costaría limpiar y adecentar los barracones y cuidar adecuadamente el césped que los rodea…

Y paseando con mucho cuidado de no tropezar con pedruscos o picarme en los tojos amenazantes, recordé la ocasión en que acompañé hasta Cabo Prior al prestigioso psiquiatra Carlos Castilla del Pino. Él había estado en Ferrol, haciendo las prácticas como alférez de milicias, desde febrero a agosto de 1947. Destinado en el regimiento de Mérida, terminada ya la carrera de Medicina, entabló una relación cultural con Torrente Ballester, entonces catedrático en el Instituto Concepción Arenal, vecino al cuartel, que acabó en una amistad ya para toda la vida. Torrente, doce años mayor, aún era falangista, pero, «no rabioso ni intolerante», según escribió el propio Castilla. Y este, militante clandestino del PCE, encontró en el escritor al intelectual y al hombre culto con quien podía hablar, y aprender, aprovechando el tiempo fuera del cuartel. El caso es que en uno de los Ciclos de Literatura que organizamos durante años en Ferrol, invitamos a Castilla del Pina. Fue en enero de 2009. Y vino, a pesar de que ya estaba enfermo (murió unos meses después). Una vez en Ferrol, me pidió, como favor especial, que lo acercase a Cabo Prior. Había pasado allí quince días de aquel verano en unas prácticas de tiro con los soldados de su cuartel. Y había sido feliz bañándose en la playa de Sta. Comba y paseando por aquellos acantilados.

Al ver el panorama ya ruinoso, quedó muy sorprendido, pero aun así me fue diciendo «este era el barracón de los oficiales, este, de los suboficiales, en este dormían los soldados…».

El eco de los recuerdos le llegaba envuelto en el oleaje profundo de la costa. «¡Qué pena que tengan esto tan descuidado, con la personalidad que tiene este paisaje». Pues hoy está peor, estimado don Carlos.

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