«A las niñas hay que inculcarles que pueden ser lo que ellas quieran»

Desde hace una década trabaja en el CIFP Ferrolterra, un centro con ciclos técnicos copados por alumnado masculino, pero se muestra optimista: «En nuestras aulas cada vez hay más chicas»


ferrol / la voz

Raquel Rodríguez se reconoce como una «friki» de la tecnología, pero su afición preferida no tiene nada que ver con ningún gadget, sino con las humanidades. Le encanta visitar museos de arte contemporáneo. «¡Es que las ciencias no tienen que estar reñidas con las artes!», defiende con vehemencia. El jueves pasado se conmemoró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, así que entrevistar a Raquel resulta de lo más oportuno. Además de ser licenciada en Ingeniería de Telecomunicaciones, esta profesora ferrolana forma parte del equipo directivo del CIFP Ferrolterra, donde casi todos los ciclos que se imparten pertenecen a la rama técnica. «El alumnado sigue siendo mayoritariamente masculino, pero en nuestras aulas cada vez hay más chicas, y en algunos ciclos, como los de Electrónica, la mitad de los profesores somos mujeres, así que creo estamos por el buen camino. La sociedad está cambiando», comenta optimista.

Aunque ahora habla con pasión de redes de datos o casas inteligentes, Raquel no soñaba con estudiar ingeniería. Tenía talento para el dibujo, y aunque también sacaba notazas en Matemáticas o Física, estaba decidida a hacer Bellas Artes. «Lo que ocurrió es que a mi padre no le gustó la idea, me dijo que era mejor que estudiase algo con más salida laboral, y por eso al final me fui a Vigo a hacer Telecomunicaciones», cuenta Raquel.

Ella no se lo echa en cara, tal vez porque eran tiempos en los que la mayoría de los padres se preocupaban más por el pan de sus hijos que por alimentar su vocación, y porque, al fin y al cabo, aquella ingeniería terminó por gustarle mucho, aunque también le hizo sufrir. «Yo creo que hacían la carrera más difícil de lo que realmente tenía que ser, tal vez por darle prestigio al centro. Éramos todos muy chapones, pero en el primer examen que hicimos solo aprobaron dos. Y éramos 120. Para mí fue un shock», recuerda Raquel, que finalmente logró graduarse con un proyecto por el obtuvo una matrícula de honor.

En aquella promoción de telecos había 104 chicos y solo 16 chicas. Pero ella nunca se sintió discriminada. Tampoco durante los años que trabajó en la empresa privada. Ni en su ya dilata trayectoria en el mundo de la enseñanza. Jamás tuvo que aguantar una frase paternalista o un gesto impertinente. Pero a Raquel aún hay cosas que le siguen chirriando. «Pensamos que está todo superado, pero hoy en día todavía hay padres que siguen pensando que los Lego y los juguetes tecnológicos o de programación no son para niñas. ¿Qué mensaje les transmitimos si solo les compramos muñecas? Yo creo que a las niñas, desde muy pequeñas, hay que inculcarles que pueden ser lo que ellas quieran», reflexiona.

De Andalucía a Ferrol

Charlamos en su despacho del CIFP Ferrolterra, donde llegó hace ya una década, tras pasar seis años dando clases en Cádiz, Huelva y Córdoba: «A mí no me atraía nada la educación, pero me llamaron para hacer una sustitución y de repente descubrí que dar clases era muy divertido, además de gratificante. Así que decidí presentarme a las oposiciones, y como en Galicia no las convocaban, me fui a Andalucía». Ahora, en el CIFP Ferrolterra se siente como pez en el agua. «Me encanta este centro, porque hay muy buen ambiente, los profesores son muy proactivos y siempre estamos metidos en mil proyectos. Además, estar rodeada siempre de gente joven me da mucha vida», comenta orgullosa de su instituto.

Al final no pudo dedicarse a los pinceles -pero «como la cabra siempre tira al monte», comenta entre risas-, al acabar la carrera hizo un ciclo de cerámica y terminó casándose con un artista, el pintor y escultor Gonzalo Pérez del Castillo. Lo conoció de casualidad en una playa de Cantabria, donde un niño hizo de Celestino. Ahora viven juntos cerca de otra playa -Marmadeiro, en Covas, su paraíso particular-, con su hija Inés, de trece años. Como a su madre, se le dan muy bien las ciencias, pero también el violonchelo y el ballet. «Me gustaría que hiciese una carrera STEM, pero si me dice que quiere ser violonchelista también estará bien. Lo importante es que sea feliz».

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