La otra ley de la gravedad

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL CIUDAD

07 feb 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Hace dos meses que no voy a mi pueblo, el tiempo que llevamos de confinamiento, primero el perimetral y después el más severo. Echo de menos a familiares que viven allí y a esos viejos amigos de siempre. Pero lo que más añoro es la casa familiar, el no poder recorrerla sin prisa, abriendo ventanas y puertas, dejando que el aire fresco del jardín me traiga, desde el fondo de los años, ese aroma inconfundible de los recuerdos instalados en el alma. Porque en esos primeros momentos la casa recupera el olor tibio de siempre, reconfortante por su familiaridad, y uno va intuyendo en los espejos de cada habitación los rostros de ausencias que no se olvidan. Y en sus armarios, uno puede ordenar mentalmente trajes y vestidos de otras épocas que mis antepasados lucían en acontecimientos especiales. Es una casa con memoria, unas paredes que no olvidan a las numerosas generaciones de mi familia que vivieron sus vidas entre ellas. Fuimos muchos los que hemos abierto los ojos bajo este mismo techo y después la hemos disfrutado con mayor o menor fortuna. Sin duda, ella reconocería sin esfuerzo las voces de todos los que ya se han perdido en la distancia. La casa donde uno nació parece que está esperando siempre nuestro regreso. Con una voz resignada y afectuosa, que llega a través del sentimiento más íntimo, parece implorar nuestro recuerdo, que no olvidemos que ella sigue esperándonos.

Y con la casa tengo identificado también su entorno. En estos dos meses han entrado por Galicia tres o cuatro borrascas que habrán acosado sin tregua a los árboles de la huerta, en especial al nogal y al castaño centenarios. Me imagino que han sufrido lo suyo, pero supongo que han resistido con el mismo coraje que cuando eran jóvenes. Ahora entiendo mejor que nunca la anécdota que contaba Saramago de su abuelo, que, cuando tuvo que abandonar con su familia la casa del pueblo, donde había nacido y crecido, en busca de un trabajo en Lisboa, se despidió de los árboles de su huerta abrazándolos uno a uno. Con los más viejos se paraba más tiempo porque con ellos había compartido muchas experiencias. A los más jóvenes, les daba instrucciones sobre cómo protegerse de los vientos del Suroeste, los más peligrosos en aquella zona del Alentejo.

Reflexiono sobre lo que estoy escribiendo y me doy cuenta de que este apego al pueblo, al lugar, a la casa donde uno nació supongo que será universal, pero es especialmente gallego. A diferencia del buey, «uno es de donde pace, sin dejar de ser de donde nace». Y aquí me acuerdo de un vecino del pueblo, con el que coincidió mi abuelo haciendo la mili en Melilla. En la cartera guardaba una foto de la huerta de su casa. Nunca había salido del pueblo y esa ausencia la llevaba muy mal. Cayó herido en la batalla del Gurugú (año 1921) y lo trasladaron a servicios domésticos en el cuartel. Le encargaron cuidar una huerta y lo hizo con gusto: al poco tiempo era una copia perfecta de su huerta gallega. Más seca, menos verde, pero la misma distribución y cercada por unos árboles como la de su casa. Antes de licenciarse, le encargó a un compañero que la fotografiase, y ya después, en su vejez, enseñaba con orgullo las fotos de las huertas donde había sido feliz. El amor a su tierra de aquí le había hecho crear una parecida en la lejana Melilla.