Semblanza incompleta


El miércoles 27 de enero, se cumplieron 22 años de la muerte de Torrente Ballester. En esta ocasión el Ayuntamiento de Ferrol envió una corona de flores a su tumba en un acto sin público por culpa de la pandemia. Lo importante es que la Institución que representa a todo el pueblo de Ferrol sigue conservando en la memoria oficial el recuerdo del escritor, Hijo Predilecto de la ciudad donde nació y que reflejó literariamente en muchas de sus obras.

Hace un año, en ese mismo acto del cementerio de Serantes, se habló de que estaba próxima la fecha en que se publicarían los diarios que Torrente escribió entre 1954 y 1964, y que donó a la Universidad de Albany (Nueva York). Pero lo que parecía iba a ser inminente, embarrancó al final en una zona arenosa de la que parece difícil salir. Una pena, porque es una obra inédita de un gran escritor y porque también podría ayudar a cambiar la visión generalizada que mucha gente de Ferrol tiene de Torrente, pues antes de entrar a valorar su obra literaria, se acuerdan de su pasado falangista. Que es cierto y que él nunca ocultó. Tan cierto como que en 1962, junto a otros intelectuales contrarios al Régimen, firmó un escrito de protesta por la actuación de la policía contra las mujeres de los mineros asturianos después de una manifestación. Lo que le supuso ser expulsado de su trabajo de crítico teatral en RNE y en el diario Arriba, y cesado como profesor en la Escuela de Guerra Naval en Madrid. De todos los firmantes, Torrente fue de los más represaliados por el Gobierno de entonces, lo que le supuso serias dificultades económicas. Cuando un periodista le preguntó si habría meditado bien la decisión de firmar ese escrito, contestó «que sí, pero que a veces hay que poner la dignidad por encima del miedo». Esa frase fue la que hizo cambiar la opinión que Carlos Casares tenía de Torrente, al que hasta ese momento había visto siempre como un hombre del Régimen. Lo cuenta el propio Casares, y ahí mismo nació una admiración por el escritor ferrolano que acabaría en una gran amistad.

Por eso es una pena que no se publiquen esos tres cuadernos del diario que don Gonzalo tituló Mi fuero interno y que fue escribiendo en esos diez años. Torrente se los dejó en depósito a la Universidad de Albany, donde él dio clase desde 1966 a 1972, con dos condiciones: que esos diarios sólo podrían leerse después de diez años de su muerte, y que las referencias a los cuatro hijos de su primer matrimonio solo podrían publicarse tras el fallecimiento de todos ellos. Y este es el principal obstáculo, porque viven dos hijas y tanto ellas como sus herederos quieren conocer el texto en su integridad para asegurarse de que la edición se hace correctamente. Tampoco se fían de la profesora de Albany a la que esa Universidad le encargó el cuidado del texto, escrito a mano en cuadernos corrientes, que tendría que depurar, corregir, a veces interpretar... sin ser una especialista en la obra de Torrente.

Pero lo peor de todo esto es que se está perdiendo una ocasión excelente para conocer cómo Torrente fue cambiando su visión política de la realidad española, que no sólo no lo convence, sino que lo ha defraudado. Por otros escritos suyos de esos años, sabemos que sus ideas se habían vuelto más críticas y que su criterio político y social -no el religioso- se había ido transformando. Es una pena para los lectores no poder seguir esa evolución, y no lo es menos que la semblanza de Torrente se quede, así, incompleta.

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