Un santo de Ferrol Vello


Hay personas que forman parte de nuestras vidas aunque no las hayamos conocido jamás. Y cuando digo esto, no me estoy refiriendo ni a los familiares que fallecieron antes de que nosotros viniésemos al mundo, ni a quienes escribieron los libros que más amamos. No, no se trata de eso. Yo estoy pensando en algo muy distinto. Hablo de quienes, aun sin haber tenido con nosotros relación alguna, han cambiado nuestra existencia. Por ejemplo, a través de lo que de ellos nos contaron los que sí tuvieron ocasión de conocerlos y de caminar a su lado. Eso es lo que a mí me ocurre con Gabriel Pita da Veiga, sacerdote nacido en Ferrol Vello, en el número 168 de la calle Sinforiano López, y bautizado el 5 de marzo de 1903 -dato que le debemos a nuestro querido y admirado Uxío García Amor- en la iglesia del Socorro. Fue párroco, entre otros lugares, en Esteiro, en San Julián y en Vilalba. Y, después de haber dedicado una vida entera a los demás, dando cuanto tenía -cosa que él procuraba ocultar siempre, convencido de que cuando se ayuda a otros hay que hacerlo en silencio, y no pregonarlo a los cuatro vientos-, falleció en 1976 en Mondoñedo, donde, además de ser canónigo de la catedral, ejercía (si no estoy equivocado) el cargo de vicario general de la diócesis. En sus últimos momentos, según ha escrito también García Amor, pidió que le pusieran un escapulario del Carmen. Sus restos descansan en el claustro de la catedral mindoniense. Por desgracia no lo conocí a él, como les digo, pero sí he tenido y tengo la suerte de conocer a muchos de los que lo conocieron. Y todos -tanto los creyentes como quienes no lo son- afirman que era un «verdadero santo». Por cierto: entre ellos se encuentra mi amigo Couce Fraguela, que fue monaguillo de Pita da Veiga en Esteiro, supongo que en la iglesia cuya construcción impulsó el propio Gabriel. Una iglesia que hoy ya no tiene culto, pero que cuando menos, aunque su campana no suene, es la memoria viva de un tiempo que ya no existe. «El primer abrigo que tuve de niño me lo regaló él -recuerda Couce-. Nuestro barrio era muy pobre». Y ustedes se preguntarán ahora a qué viene esto que les cuento. Pues miren: a que acabo de ver que el obispo Araúxo dejó escrito, a propósito de Pita da Veiga, que habría que considerar, «muy en serio», si no «debería introducirse la causa de su canonización». Pues eso.

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