«Supe que quería ser piloto de aviación cuando vi 'Top Gun' en el cine Capitol»

El piloto Santiago Carles Rey viaja por todo el mundo, pero asegura que su «ancla» está en Ferrol, donde disfruta de una vida tranquila frente a la playa de O Vilar


ferrol / la voz

¿Es posible que una periodista entreviste a una persona y hasta el final no se dé cuenta de que ya la conocía? Pues sí, puede pasar. Y más aún en estos tiempos de pandemia y mascarillas, en los que la expresividad de un rostro queda limitada a lo que transmite una mirada. Me ocurrió el martes pasado en el café Beirut del Cantón, donde me cité con Santiago Carles Rey (Ferrol, 1973), piloto de Iberia. Llevábamos un buen rato charlando, y cuando él se bajó la mascarilla para tomar el primer sorbo de un café ya helado por tanta espera, de repente mi cabeza retrocedió casi treinta años atrás.... Y tras un bigote entrado ya en canas pude reconocer a aquel joven con el que a veces coincidía en Santiago, cuando él se formaba para ser piloto en el Real Aeroclub y yo estaba en primero de Xornalismo.

Hoy aquel chico que soñaba con tocar las nubes es un experimentado piloto de Iberia, con su puesto de trabajo a los mandos de un Airbus A330 en el que cruza el Atlántico y continentes enteros para llevar a más de trescientos pasajeros desde Madrid a Chicago, Río de Janeiro, Shangai o Johanesburgo. A sus espaldas acumula más de 15.000 horas de vuelo y toda una vida dedicada a una profesión con la que siempre soñó.

Frente al café todavía caliente, Santi me cuenta que ya de niño sentía curiosidad por los aviones, pero fue en la adolescencia cuando una mítica película de Tom Cruise sembró en él la vocación. «Supe que quería ser piloto con 13 años, cuando vi Top Gun en el cine Capitol», apunta sonriente este ferrolano que presume de «caranceiro». Lo cuenta medio en broma, pero en realidad no lo es, porque aquella cinta de cabriolas aéreas le marcó tanto que algunos años más tarde, siendo ya piloto, Santi viajó a la Estación Aérea de Miramar, en San Diego, para conocer los escenarios de la película, y ya de paso, darle la sorpresa de su vida a la que hoy es su mujer: «Le pedí que se casase conmigo en Laurel Street, donde Tom Cruise le da el primer beso a la chica... ¡Y me dijo sí!».

Pero volvamos a donde estábamos. Santi siempre tuvo claro que quería ser piloto, así que, tras terminar el instituto, se matriculó en el Aeroclub de Santiago, donde hizo el curso básico, y luego se marchó a Madrid para formarse como piloto comercial. Durante una temporada fue instructor en Santiago, y tras una estancia en Nueva York -donde trabajó para un marchante de arte al que había enseñado a volar- dio el salto a Spanair, y de allí a Iberia en el año 2002.

Santi me cuenta que le encanta su profesión. «Pilotar un avión es una pasada, está bien pagado, y además, con este trabajo he podido conocer muchísimas ciudades del mundo», comenta. Aunque advierte que también es un oficio muy exigente: «Hay que tener vocación, porque viajar tanto desgasta mucho, y además hay que ser muy disciplinado y llevar una vida ordenada, porque nos someten a unos reconocimientos médicos muy rigurosos».

Nunca he hablado con un piloto, así que la curiosidad hace que las preguntas se agolpen una tras otra. Él responde a todas con amabilidad. Es un tipo simpático. ¿Es más peligroso el aterrizaje o el despegue? «No hay nada peligroso. El despegue es la situación más crítica, porque es cuando el avión va con más peso, mientras que el aterrizaje es la maniobra que requiere más pericia», comenta. ¿Y qué me dices de las turbulencias, hay que tenerles miedo? «Para nada, porque son como los baches del cielo, y el avión está preparado para amortiguarlos».

Le pregunto por sus destinos favoritos, y cita tres: Tokio, Chicago y Moscú. También le encantan Río de Janeiro y Medellín. Pero no cambiaría su tierra natal por ninguno de ellos. «Otra de las cosas que me gustan de mi trabajo es que tengo mucho tiempo libre para disfrutar de mi vida en Ferrol. Viajo por todo el mundo, pero mi ancla está aquí, en mi casa de Covas, frente a la playa de O Vilar, donde cada día puedo ver y oler el mar», comenta este piloto polifacético, que cuando no está en las alturas disfruta con el surf, el rock & roll -toca la guitarra eléctrica en el grupo Los Margaritos-, la pesca, y los paseos con sus dos perritas: Mima y Mora.

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