El libro de Merino en Río de Sáa


Siempre, desde que era muy niño, he tenido la costumbre -seguro que a muchos de ustedes les sucede otro tanto- de llevar libros conmigo para que me hagan compañía, aunque a veces no pueda abrirlos más que un instante. Los libros me han demostrado, a lo largo de una vida entera, que son gente extraordinaria -esa gente, tan valiosa, de la que forman parte los amigos más leales-, y en la muy modesta medida de mis posibilidades también yo he tratado de transmitirles, día tras día, mi inmensa gratitud por todo lo que me han dado. Por cierto: sigo añorando todos aquellos libros que tenían para mí alguna significación especial y que, por mi empeño, a veces un tanto exagerado, en sacarlos de paseo, extravié y no volví a ver jamás. Como por ejemplo una edición infantil, por supuesto muy bien ilustrada, de El Príncipe Feliz, de Wilde, que, no sé cómo, perdí durante la botadura del Arteaga, aquel gigante de acero que Astano lanzó al mar en el año 1972, y cuya majestuosa entrada en el mar es, con independencia del disgusto que me causó perder el libro de don Óscar -que era un regalo personal de los Reyes Magos-, uno de los recuerdos más queridos de mi infancia. Les cuento esto porque esta noche, ya casi de madrugada, comencé a leer una auténtica maravilla: Dobles, la nueva obra de José María Merino, uno de los autores en lengua española a los que más admiro. Y por la mañana, al comenzar el día, cuando salí a dar un paseo por Río de Sáa -que es un poco un paraíso secreto en el que hay una piedra en la que por lo visto Don Melchor, Don Gaspar y Don Baltasar amarran todos los años sus caballos, la víspera de su propia fiesta, para que descansen un rato-, me lo llevé conmigo. El caso es que, junto al pequeño río que le da nombre al lugar, en medio del valle donde Sillobre se acaba, y mientras escuchaba correr el agua, que allí es magnífica para que la naveguen barcos de papel, abrí de nuevo el libro de Merino, dejando que el azar eligiese la página, y al ver que hablaba de las historias que al escritor le contaba su propia madre, que «provenía del noroeste», no pude dejar de emocionarme un poco. Merino, gran amigo de Ferrol y de la obra de GTB, siempre es un poeta. Hasta en su prosa. Y cuando yo lo estaba leyendo esta mañana en Río de Sáa, me venían a la memoria, ya ven ustedes, los cuentos que también me contaba, cerca de allí, mi madre.

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