La odisea del submarino que sobrevivió 44 horas bajo el mar

Relato del único marinero superviviente de un navío que se hundió frente a Asturias tras luchar contra bous ferrolanos


asturias / la voz

Era un marinero menudo, de apenas 1,65 de altura y 55 kilos de peso, modesto y trabajador. Ramón Cayuelas Robles no llamaba la atención y, sin embargo, su historia es extraordinaria, porque sobrevivió no a uno, sino a dos hundimientos de un submarino republicano frente a las costas asturianas. En el primero, la dotación permaneció casi dos días en el fondo del mar hasta que consiguió emerger, tras luchar contra bous ferrolanos; en el segundo, el submarino desapareció para siempre con sus 40 hombres a bordo. Pero él había sido el único en no embarcar. El único que se salvó y pudo contarlo.

Cayuelas escribió sus memorias seis décadas más tarde en un libro titulado Relatos inéditos de los submarinos republicanos de la guerra civil española C-5 y C-2, (1998). Este murciano nacido en 1916 creció en un ambiente humilde. Su padre había fallecido siendo él un niño y su madre era cocinera de un hotel. Cuando cumple 18 años, al mismo tiempo que estalla en Asturias la revolución del 34, ingresa en la Marina de Guerra en Cartagena. Era un año peligroso para alistarse debido a los disturbios que se propagaron por toda España. Y no sabía que lo peor estaba por venir.

Fue destinado a la dotación de uno de los escasos submarinos de la flota republicana, el numerado con el 5 de la clase C. Desde el principio, el gobierno republicano no se fiaba de los oficiales y las injerencias políticas entorpecieron mucho el mando. De hecho, señala, «el poder político que imperaba en el C-5 le permitía pasar por la criba a todos los comandantes». Después de muchos intentos de nombrar un capitán que el comité sindical aceptara, el C-5 sale, en el mes de agosto de 1936, «al completo, con doce torpedos con cabeza de combate» y los depósitos de agua y combustible llenos con destino Málaga.

Según explica Enrique Pérez Carmona en La flota submarina republicana española al comienzo de la Guerra Civil (1936), La Armada contaba con 12 sumergibles al principio de la guerra. Se trataba de seis de la serie B, clase Holland F-105 norteamericana, construidos entre 1922 y 1926 y otros seis de la clase C, la misma serie pero de más moderna construcción, entre 1928 y 1931, todos armados en Cartagena con licencia de Holland. Los C «poseían un grave defecto en su diseño» ya que a pesar de su mayor tamaño, casi el doble que los B, montaba las mismas baterías, y eso «influía en su velocidad y su capacidad de maniobra bajo el agua, lo que lo hacía un submarino mediocre». Su dotación era de 40 tripulantes.

Lo primero que se les encomienda es notable: hundir el Almirante Cervera, un poderoso buque del bando nacionalista que cuenta con 12 grandes cañones, tubos lanzatorpedos y un hidroavión. Salen el 1 de septiembre de 1936 hacia el cabo de Peñas en su busca. «La noche del 2 de septiembre, al filo de la medianoche, nos alertaron de la presencia en la zona del Cervera. Fue la primera emoción de júbilo en la guerra, la euforia de enfrentarse al enemigo más poderoso en esas fechas nos infundía temor (…)».

Durante la madrugada del 3 de septiembre, siete millas al norte de Luarca, avistan dos bous, el Argos y el Juan Ignacio, a un kilómetro y medio de distancia. Tocan la sirena de zafarrancho de combate y forman una cadena humana para subir la munición del cañón de 76 mm.

El submarino es el primero en abrir fuego con el cañón, y poco después con la ametralladora de gran calibre. El Argos llegó a estar a 300 metros del C-5, pero no le acertó (aunque el comandante enemigo había creído que sí). Luego le pasó «rascando el casco» y no consiguió abordarlo por la rapidez de la inmersión, ni le lanzó cargas de profundidad porque no las llevaba instaladas. A las 9.15 vuelven a encontrarlo. El Juan Ignacio abre fuego a 7.000 metros y el submarino responde con unos 70 disparos de su cañón, sin éxito.

El submarino fue perseguido por los seis bous en parejas que venían de Ferrol: Tritonia y Virgen del Carmen; Argos y Juan Ignacio; Denis y Galicia. Sobre las 11.00 horas, el hidroavión S-19 del comandante Brage lanza varias bombas contra el C-5 y los bous lo persiguen de nuevo. El Juan Ignacio llegó a dispararle hasta 200 proyectiles. Luego pone rumbo a Gijón para impedir al C-5 la entrada a ese puerto. A las 13.00 se suma a la caza el destructor Velasco y lanza varias cargas de profundidad con las que piensan que lo han hundido, aunque meses más tarde sabrán que no había sido así.

Después de nueve tensas horas de combates y huidas, «El C-5 se había sumergido para no entregarse. La munición queda abandonada en cubierta, no hay tiempo ni de trincar el cañón. Pronto empezaron a caer proyectiles a su alrededor. «Pensamos que procedían de los bous, y nos felicitamos por el hecho de que las naves no hubieran sido dotadas todavía de cargas de profundidad. De otro modo, y dada la escasa distancia que nos separaba de ellos, difícilmente habríamos podido escapar».

Pasan las horas, les falta material para reparaciones y el trabajo se hace más difícil. «La escasez de oxígeno acentuaba el cansancio y ralentizaba nuestros movimientos». El reloj ha marcado, minuto a minuto, 44 angustiosas horas desde que se posaron en el fondo del mar cuando el comandante anuncia que, gracias a las reparaciones, intentarán subir a la superficie. Al final, lentamente, el submarino se eleva y «un estallido de júbilo espontáneo nos empujó a abrazar al comandante.

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