«El virus de ahora es como la pandemia de cuando yo era pequeña»

Ángela Matesanz nació con el final de la gripe española y cumplirá cien años en plena ola del covid


La Voz

«¿Voy a hacer cien años? ¡Cómo pasa el tiempo! ¡Qué escándalo! ¿Soy la mayor de Caranza?», bromea Ángela Matesanz. El próximo fin de semana celebrará su cien cumpleaños de una forma tristemente especial. La familia no podrá reunirse para una fecha tan significativa cómo tenían pensado, pero le harán llegar todo su cariño.

¿Cuál es el secreto para llegar a la centena? «Andar», comenta. Su hija con la que vive, Conchita Saavedra, y su nieto, Saúl Saavedra, destacan que va a pasear cada día y le encanta ir a la playa de Caranza. «Físicamente está muy bien. La cabeza ya le va peor, normal con cien años ¡Quién llegase a ellos!», destaca su nieto. Para llegar al centenario ha superado los innumerables obstáculos que le ha ido planteando la vida y es de las pocas personas que puede decir que ha atravesado dos pandemias. Cuando nació sufrió en sus propias carnes los últimos coletazos de la gripe española. «Mi padre me traía agua del mar para hacer friegas en las piernas», le cuenta a su familia. Mostró su fortaleza sobreviviendo a aquel virus mortal, aunque la daban por muerta. Tanto que sus padres la llamaron ‘La resucitada' y hasta tenían el ataúd para ella que, tristemente, tuvo que utilizar uno de sus hermanos. Tras recuperarse sin secuelas de la gripe española siguió enfrentándose a difíciles momentos de la historia de este país, como la Guerra Civil o la posguerra. «Cuando era una niña la familia se fue a Madrid y a ella le tocó trabajar en una chocolatería. Pero durante la guerra se volvió con una hermana a Ferrol», recuerda su nieto. «En Madrid lo pasamos regular, mi madre y mis hermanos no tenían qué comer», recuerda Ángela. Su familia explica que su madre tenía libros de izquierdas como Adiós a las armas, que tuvieron que esconder. Y Ángela y una hermana acabaron regresando a Ferrol. En la urbe naval se casó con Juan Saavedra, pero la vida tampoco le sonrió en este aspecto, ya que su marido, zapatero en el barrio de Esteiro y conductor en el astillero ferrolano, falleció en el año 1965. «Mi madre -comenta Saúl- tenía 4 años cuando su padre murió y mi abuela crio a sus siete hijos -Juan, fallecido, María de los Ángeles, Jorge, Francisco Javier, Concepción y Margarita- sola», ensalza el nieto. Comenzó a trabajar como limpiadora, también en el astillero, y logró sacar adelante a su familia. Esta no dejó de crecer y crecer hasta contar ahora con catorce nietos -Cristina, Pedro, Yolanda, Saúl, Jorge, Noa, Iván, Simón, José Juan, Steef, Celtia, Víctor, Shaila y David- y diecinueve bisnietos -Itziar, Anton, Simbiat, Uxía, Simón, Adam, Breogán, Helba, Bruno, Candela, Manuel, Rodolfo, Pedro, Iago, Serine, Claudia, Mara, Adrian y Santiago-.

La fiesta tendrá que esperar

Todos han extremado las precauciones para tratar por todos los medios de que Ángela no entre en contacto con el virus, y no podrán disfrutar de la fiesta de cumpleaños que les hubiese gustado prepararle. «Hay que tener cuidado con el virus. Hay que llevar mascarilla. Es una pandemia como la de cuando yo era pequeña», indica ella. Pero bien seguro que podrán hacerlo cuando pase la pandemia. «No podemos juntarnos pero le daremos una sorpresa con una tarta», señala Saúl.

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