«Sin ayudas, la mitad de nosotros no volverá a levantar la persiana»

Los hosteleros se concentraron en la plaza de España ante el cierre obligado por la pandemia


Ferrol

Son las doce de la mañana y hay muchas caras conocidas en el entorno de la plaza de España. Está el dueño de ese negocio en el que te tomas los chipirones a la plancha, el camarero que cada día te pone el café clarito y la propietaria del pub de parada obligada en las fiestas. Las chicas con los mandiles que tendrán que tener colgados un mes y los músicos que amenizan los conciertos de los establecimientos locales. La hostelería encaja su enésimo golpe desde que se desencadenó la pandemia del coronavirus. Sus profesionales conjugan un cúmulo de sensaciones: están tristes, enfadados y frustrados, pero lo que no están es rendidos. Los aplausos con los que finalizaron la última concentración, este miércoles, delante de la sede de la Xunta, sirvieron de palmada de ánimo mutuo, en unos momentos en los que han tenido que volver a cerrar sus negocios como consecuencia de las restricciones impuestas por el coronavirus.

Jesús Mateo, propietario de Mesón Mateo, ubicado en la calle Nueva de Caranza, fue uno de los participantes en la protesta. «Tuve que mandar al ERTE a tres empleados y cerrar, porque la única opción para poder acceder a las ayudas es cerrar», lamentó. Se manifiesta muy enfadado por el hecho de haber obligado a paralizar la actividad de todo un sector, cuando cree que debería vigilarse que se cumplan las medidas establecidas, para «a los que hacemos las cosas bien, que nos dejen trabajar». Podrían así recuperar parte de la inversión aquellos locales que tomaron medidas, como la instalación de pantallas separadoras entre mesas, para preservar la salud de sus clientes. «Nos han cerrado, pero al final de mes tendremos que hacer frente a un montón de gastos igualmente. Si no vienen ayudas, la mitad de nosotros no podrá volver a levantar la persiana», advierte.

En el sector cunde la idea de que el balance del año «está perdido». Carlos Rodríguez, es uno de los seis integrantes de la familia del Derby, todos afectados por un ERTE. «Nosotros no somos los propagadores del virus, hacíamos las cosas bien. Antes, en Navidades al menos teníamos un mes que nos permitía aguantar hasta Semana Santa, pero ¿este año qué va a pasar, si a las once con el toque de queda vamos a tener que cerrar?», se preguntó.

Los rostros detrás de las barras son los que visibilizan la crisis del sector, pero los que están en primera línea de fuego advierten de que la cadena que mueven es muy grande, y afecta a muchos. «Te das cuenta de eso cuando llamamos a la gente para que dejara de traernos las cosas al tener que cerrar», subrayó Carlos Rodríguez.

Si los hosteleros llevan nueve meses padeciendo restricciones y convertidos en policías ciudadanos en sus propios establecimientos, mucha frustración acumulan también los dueños de locales de ocio nocturno. Como Azucena Rico, propietaria del pub A Malvada. Al tener otro trabajo, le retiraron la ayuda que cobraba por la bajada de la persiana de un negocio en el que ha puesto mucha ilusión y que se resiste a abandonar. «La Malvada me costó 2.500 euros en octubre: estoy pagando el alquiler, la luz, el agua, la cuota de autónomos y la Seguridad Social de mi empleada», explica. No puede cesar la actividad, porque al haber percibido una ayuda del Concello, debe mantenerla, aún estando cerrado, por lo que los gastos siguen sumando. «Entiendo que puedan cerrarnos, no me empeño en abrir a toda costa, pero con ingresos cero, nos obligan a seguir pagando», lamenta. No obstante, se considera afortunada, ya que tanto ella como su marido cuentan con sueldos en otros trabajos, pero piensa en «muchas amigas que se quedan sin nada».

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