Y el río hacia el mar de Ferrol


Decía Carlos Casares, y con razón, que la literatura no tiene por qué gustarle a todo el mundo. Pero siendo esto indudablemente cierto, igual de cierto es que la literatura es una de las más hermosas maneras que existen de viajar muy lejos sin moverse de casa. Y, además, el milagro que nos permite vivir otras vidas. No seré yo quien diga que la literatura puede darnos esa felicidad, tan huidiza, que uno siempre ansía y que por lo general jamás se alcanza. Pero pocas cosas puede haber más agradables, y me saltaré los ejemplos, en la quietud de la madrugada (cuando el silencio solo lo rompe, al otro lado de la ventana, el manso correr del agua de un pequeño río: un río que va hacia el mar de Ferrol dibujando molinos a su paso y que quizás se llame Cádavo), que leer a Verne, a Valle-Inclán, a Faulkner, a Nélida Piñón, a Montaigne, a Pla, a Marguerite Yourcenar, a Benet o a Melville. O por supuesto a Homero (al Homero de la Odisea, que hoy a mí me gusta infinitamente más que el de la Ilíada). Y ya no digamos al señor vizconde de Chateaubriand. Pero sobre todo a aquel viejo amigo nuestro (él sabrá perdonarme que esta vez no diga su nombre) que a punto estuvo de perder una mano, e incluso la vida, por culpa de unos arcabuzazos que lo dejaron malherido en Lepanto. Ya dijo el poeta que existimos, fundamentalmente, porque soñamos. Y la literatura nos enseña a soñar de una manera especialmente hermosa: haciendo latir el corazón de las palabras que escribieron otros. Se preguntarán ustedes ahora, claro está, si con esto quiero decir que una literatura sin lectores no es tal literatura; pero no, no es eso lo que yo pienso. Entre otras razones, porque los libros tienen vida propia. La tienen, incluso, los que no se publicaron nunca. Y hasta los que no se escribieron jamás. Sin embargo, y desde mi punto de vista, el hecho de leer, de escuchar con los ojos, es el que hace que la literatura adquiera su sentido verdadero. Toda gran historia guarda dentro de sí -aunque a veces sea secretamente- el deseo de ser contada. La eternidad de los libros no se asienta sobre las alabanzas, los aplausos y los premios. No olviden que un elogio excesivo suele esconder, en el fondo, muy poco aprecio. Lo que convierte a un libro en un clásico es su capacidad para dialogar abiertamente con autores de todas las épocas; y, por supuesto, ser nuevo en cada lectura. Todo lector verdadero es un regalo del cielo, el amigo que está al otro lado del papel. Muchas gracias. Especialmente ahora.

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