La Laguna


Entre el tramo final de la Carretera Alta del Puerto, que por entonces eran labrantíos, y la de acceso a los muelles, paralela a la vía del tren, había quedado un foso que con el agua que se filtraba en la pleamar formaba una charca. Le llamábamos la Laguna. Tenía forma alargada, y a lo ancho la lámina de agua podría llegar a diez metros con buena marea, y quizá uno y medio de profundidad. El talud que ascendía hacia lo que hoy es la Carretera Alta servía de vertedero a los jardineros municipales y a otros espontáneos. Allí acababan las ramas de las palmeras de Amboage tras la poda, restos de obras y cosas así. Con todo, en los años cincuenta del siglo pasado, la poza fue el escenario donde los mocosos de la calle de Ínsua aprendimos a flotar; una zambullida desde una orilla, un braceo agónico, algunos buches de brebaje tóxico, y lográbamos hacer pie en la ribera opuesta. Una proeza. Consolidada la hombrada, ascendíamos en la escala de la autoestima y nos atrevíamos con el Triángulo, otro espacio que se llenaba de agua marina entre la carretera de A Malata -desde Peninsular Maderera hasta donde hoy dormitan las naves de FIMO- y la pista que habría de servir para tender las vías férreas hasta la base naval de A Graña y soporta hoy el paseo marítimo. El lugar yace bajo una rotonda. Cruzar el Triángulo en pleamar ya eran palabras mayores: no bastaban unas brazadas, era preciso sostenerse a flote más allá del inicial impulso. Pocos logros proporcionaban tanto orgullo como cubrir a nado la escasa distancia entre los tubos de drenaje de una y otra pistas. Un ascenso en la consideración grupal. El agua, aquí, era más transparente. No sé si menos tóxica.

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