Presente histórico


n día de este verano, unos amigos (matrimonio y dos hijas veinteañeras) que no conocían Ferrol se acercaron hasta aquí y me pidieron que fuese su cicerone. Lo hice con mucho gusto, pues la tarea me resultaba muy grata. O eso creía yo hasta ese día, en que me di cuenta de que una cosa es explicar la ciudad -su historia, su sociología-, y otra muy distinta es «enseñar» el Ferrol actual, con unos signos de decadencia difíciles de disimular. A medida que íbamos haciendo el recorrido por las calles, me daba cuenta de que yo ponía mucho énfasis en el brillante pasado de la ciudad, quizá en un intento subconsciente de que no se fijasen en el deterioro actual de tantos edificios y en el triste panorama de ver el letrero de «Se alquila» o «Se vende» cada dos o tres portales. Ferrol sigue teniendo el atractivo de una ciudad singular, pero, desgraciadamente, me temo que es más pasado que presente.

Por eso quise empezar el paseo por los Jardines de Herrera, desde donde, según Torrente Ballester, se puede contemplar «el paisaje industrial más hermoso del mundo». Lamenté, sin embargo, no poder visitar el Arsenal militar, un conjunto monumental que aspira a ser proclamado Patrimonio de la Humanidad. Pero a la sombra de los solemnes magnolios de Herrera, contemplamos con gusto la armonía de sus equilibradas edificaciones en la tranquilidad de la ría. Y a mis amigos les hablé de Jorge Juan, a los pies de su humilde estatua. De cómo este ingeniero naval, humanista y científico, fue uno de los que diseñaron un Ferrol racionalista, hijo lógico del siglo XVIII, el lugar donde se había decidido construir unos astilleros para la Armada y un Arsenal para sus provisiones y armamento.

Por eso, por ser hija de su tiempo, esta ciudad tiene unas calles horizontales, largas y rectas, que se cruzan en perfecta simetría con otras verticales. Todo es ángulo recto, claridad y simetría. Y para oxigenar la presión de tanta geometría, cuenta con tres plazas, también equidistantes y en la misma línea, que abren la ciudad y liberan al ciudadano de la presión racional que genera. Torrente dejó escrita una frase que resume perfectamente el talante físico y sociológico de la ciudad: «Ferrol es una ciudad lógica en una tierra mágica».

Por eso a mis amigos les sorprende lo que estamos viendo en nuestro recorrido, porque no tiene nada que ver con las otras seis ciudades gallegas que ya conocen. Y, también por eso, la sociedad ferrolana tiene unas señas de identidad propias, que la singulariza. Por ejemplo, hay un aprecio muy generalizado por el mundo de la cultura en sus diferentes manifestaciones. Y les hablo de este tema mientras vamos encontrándonos con rótulos de calles, placas en las casas y estatuas en los jardines, que recuerdan a ferrolanos destacados en algunas artes: Concepción Arenal, Álvarez de Sotomayor, Torrente Ballester, Carvalho Calero, Juan Malde, Gregorio Baudot, etc. Interés y aficiones que se mantienen hoy en día, pues en Ferrol hay más Asociaciones culturales por metro cuadrado que en ninguna otra ciudad de su entorno y de similar población.

Les seguí contando más curiosidades y enseñando lo que hay y lo que se ve, pero siempre desde la ilusión de lo que hubo. A mis amigos les gustó Ferrol. Tengo que confesar que a esto también ayudaron sus espectaculares playas atlánticas, Rodolfo Ucha y sus edificios modernistas… Sin olvidarnos de las tapas que tomamos en algunos de los bares de la ciudad. En esto sí que hemos mejorado.

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