Ferrol y el valor de la tolerancia


Ya alguna vez lo habíamos comentado: para quienes amamos mucho el papel y la tinta, pocas cosas puede haber tan gratas -bueno, lo de pocas es un decir, ustedes ya me entienden- como escribir a mano, en un buen cuaderno, con pluma estilográfica. Sobre todo, con un café al lado. Y ya no digo nada si, además, la mesa es de mármol. Me gusta mucho escribir así, a mano, a pesar de que tengo una letra infame que a menudo me cuesta descifrar. Además, soy un gran devoto de todos cuantos escribieron envueltos en el resplandor de la vida, escuchando las palabras de la calle. Y cuando leo, por ejemplo, a autores como Julio Camba o como César González-Ruano, que fueron tanto de cafés y de escribir en los cafés, me parece estar oyendo no solo sus voces, sino también un poco las de quienes estaban a su lado, a menudo haciendo tertulia y predicando sobre lo divino y lo humano. La literatura le debe mucho a los cafés, como ustedes bien saben. Y no solo la escritura de ficción: también la poesía, y por supuesto el articulismo literario. Incluso el arte de enviar cartas. Cada vez que se cierra un viejo café, como sucedió recientemente con el Derby de Santiago, el mundo de los sueños es inmensamente más pequeño. Ferrol tiene la suerte de conservar todavía cafés magníficos, aunque a lo largo de las últimas décadas ha perdido muchos, y con ellos (con los que han desaparecido) se ha ido desvaneciendo un poco el eco de voces como las de Wenceslao Fernández Flórez, Torrente Ballester, Mario Couceiro, Xohana Torres, López Ramón, Ricardo Carvalho Calero y tantos otros escritores que los frecuentaron. Escribir en los cafés es muy hermoso; y leer, ya no digamos. Como todo el mundo sabe, los grandes libros son siempre distintos. Crecen con cada nueva lectura. Y un cuento de Tabucchi -o de Onetti; o incluso de Faulkner, pongamos por caso- no es el mismo cuento si lo lees en el café que si te adentras en él inmerso en el silencio de la madrugada. Afortunadamente, Ferrol es una ciudad de verdaderos lectores. Una ciudad hecha, en esencia, de grandes historias, como lo son también el Ortegal, el Eume y lo que Álvaro Paradela bautizó como Ferrolterra. Aquí, donde siempre se ha cantado maravillosamente (sirvan de ejemplo Couce Fraguela y cuantos integran las rondallas), la conversación es un arte. Un arte que, por cierto, fomenta la tolerancia.

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