El bosque, los viejos pazos y una ciudad para los poetas


La mansa luz de las largas tardes de agosto, al igual que el silencio de sus madrugadas, invita a regresar a grandes libros que uno procura tener siempre cerca, pero que, sin embargo, tras haberlos leído con cierta insistencia en un tiempo que ya no existe, ahora solo abre a veces. Libros como El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez -escritor que en su juventud ejerció el periodismo en Ferrol, y del que siempre se acordaba mucho José María López Ramón, que lo conocía muy bien-, o como Los pazos de Ulloa, de la condesa de Pardo Bazán, autora estrechamente unida, por el linaje de su padre y en consecuencia por la historia, a través de la Casa de Rañal, a las tierras de Moeche. Volver a las páginas de El bosque animado, todas ellas deliciosas, es comprobar hasta qué punto Fernández Flórez, que hizo del humor una de las más bellas artes, es un magnífico escritor al que el mundo de las letras no le ha rendido todavía el tributo que merece. Y otro tanto podría decirse de la condesa, de doña Emilia, que con Los pazos de Ulloa logró llevar la novela del siglo XIX a una de sus cumbres más altas, sin que eso, incluso a estas alturas, se le reconozca siempre. Tanto en Los pazos de Ulloa como en El bosque animado brilla, con una intensidad que lejos de decaer se acrecienta con el paso de los años, el alma inmortal de una Galicia en la que todo paisaje es, esencialmente, una emoción. Esa Galicia que también está hoy en Freixanes y en Ferrín y en Alfredo Conde, como estuvo en Casares, en Luz Pozo, en Blanco Amor y en Cunqueiro. En este tiempo de hierro que nos ha tocado vivir, en el que proliferan las incertidumbres y escasea la esperanza, conviene, mayormente para la salud del espíritu, hacer de vez en cuando un alto en el camino y adentrarse de nuevo en las páginas que nos permiten salir un poco de nosotros mismos mientras tomamos café. Bien sabe Dios que nada tengo contra esa otra literatura, siempre tan celebrada, que sirve para pasar el tiempo. Pero yo prefiero que el tiempo, en vez de pasar tan rápido -y puesto que como todo el mundo sabe no hay manera de hacerlo retroceder-, se detenga. Al menos, de vez en cuando. Y para detener el tiempo, que se escapa como si fuese agua entre los dedos de las manos, sirven los libros como Los pazos de Ulloa o como El bosque animado, que hacen más grande y más hermoso el mundo desde una Galicia que nació, igual que un milagro surgido en el viejo confín de la tierra conocida, de las más hondas raíces del misterio. ¿Qué pensarán hoy don Wenceslao y la condesa, al otro lado del río, de la suerte que corrieron sus mejores libros, sus obras maestras? ¿Y qué pensarán, a su vez, Pla, Benet, Aldecoa, Carmen Laforet y el mismísimo Valle-Inclán, marqués ante todo de sí mismo? Los libros que hacen preguntas nuevas (preguntas que ni siquiera imaginaron sus autores), y que siembran dudas en vez de certezas, parecen tener poca suerte cuando marchan quienes los escribieron. Pero, en el fondo, la eternidad está hecha de recuerdos. Y los clásicos no mueren ni morirán nunca, porque tienen lectores muy fieles. Unos lectores extraordinariamente creativos, que en cada lectura le dan una nueva vida al texto y que saben que un gran libro te cambia profundamente la existencia. Ferrol, la ciudad de Torrente, de Carvalho Calero y de la revista Aturuxo, una ciudad venerada por poetas como Darío Xohán Cabana, Pepe Hierro, Xulio López Valcárcel, Ramiro Fonte, César Antonio Molina o Julia Uceda, siempre amará los libros. Sobre todo a los que son una casa, por supuesto.

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