Extrañamiento


Ferrol

Este Ferrol moderno, industrial y naval, ahora decadente y deprimido, surgió como producto de la decisión de un Borbón. Felipe V, conocido como el Animoso, llegó a España como un jovenzuelo francés nacido en el palacio de Versalles y criado con el consentimiento propio de ser el nieto del rey Sol, Luis XIV.

Felipe V a veces creía que era una rana, otras estaba seguro de que había muerto y nunca mantenía un estado de ánimo estable y equilibrado. Padecía unas dolencias llamadas «vapores melancólicos» que le hacían pasar de la euforia a la depresión en un santiamén.

El caso es que este joven Borbón, el 21 de diciembre de 1733, firma un real decreto por el que «resolvió absorber el señorío, vasallaje, oficios, rentas y derechos jurisdiccionales de las villas de Ferrol y La Graña», hasta ese momento pertenecientes al condado de Lemos.

Lo de absorber entendámoslo como incorporar a la Corona, o dicho en plata, le expropió en toda regla las dos villas al Conde de Lemos pagándole los 33.000 reales de vellón que producían en un solo año. Ferrol y la Graña, dos villas pequeñas y pobres pero con una posición geoestratégica envidiable, quedaban definitivamente ligadas a los Borbones, a la Corona española, a la Armada y a las directrices del Estado centralizado con la corte en la villa de Madrid.

Varios Borbones más tarde (todos firmantes de unos reinados calamitosos) fue la reina Isabel II quién le otorgó a Ferrol el título de ciudad. Esta reina pasó a la historia por tener nueve hijos nacidos, cada uno de un padre y ninguno de su marido. Fue su mayor acción real, además de tener que extrañarse como la mayoría de sus antecesores y algunos de sus descendientes.

El extrañamiento o destierro en un país extranjero se ha convertido en algo consustancial al linaje Borbón, junto a la afición compulsiva a contar dinero ilícito y mujeres y hombres ajenos al matrimonio. Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII y, ahora, Juan Carlos I, por citar sólo a algunos, se esforzaron por mantener la mejor de las tradiciones borbónicas. Repudiar a sus antecesores, protagonizar casos de corrupción, vender patrimonio nacional para enriquecerse, llevar vidas licenciosas y poco edificantes para, al final de sus reinados, extrañarse en el extranjero y morir lejos de la patria que tanto decían amar.

Felipe VI, de momento rey de España, comenzó a repudiar el legado de su padre. Su autorización (o exigencia) del extrañamiento de Juan Carlos I no suena a nada extraño. Juan Carlos, el Campechano, fue un verdadero Borbón y por eso ya no está en España. Felipe tendrá que aprender a ser un jefe de Estado y desaprender a ser un Borbón, si quiere romper su herencia maldita. Y Ferrol… pues eso.

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