Juan Martínez Sisto, relojero: «La relojería es el fascinante arte que nació de la mecánica de precisión»

Ramón Loureiro Calvo
ramón Loureiro FERROL / LA VOZ

FERROL CIUDAD

Ramón Loureiro

Afirma que «es terrible que la profesión de relojero se pierda y pueda llegar a desaparecer»

03 ago 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Juan Martínez Sisto ha sido, a lo largo de su vida, muchas cosas. Entre otras, un pionero en el ámbito de la promoción del asociacionismo entre los comerciantes ferrolanos. Y además es -todo hay que decirlo- un magnífico conversador. Pero en el centro de su vida ha estado, sobre todo, la relojería, esa profesión en la que uno, sin saber muy bien por qué, siempre ha visto algo mágico. El caso es que siempre que Juan y yo nos encontramos surge, en algún momento de la conversación, el recuerdo del legendario Antelo, aquel prodigioso ferrolano que, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, además de brillar en el ámbito de la organización industrial -tanto en los Arsenales como en la Fábrica de la Moneda de Xuvia, de la que fue director-, creó un autómata que por lo visto se paseaba por las calles de Ferrol. Y también algunos de los más hermosos relojes del país.

-De Antelo, que yo recuerde, en Galicia se conservan, entre otros grandes relojes, el de la catedral de Santiago y el de la concatedral de San Julián...

-Que en principio se creó para el Hospital Naval, y que más tarde se trasladó a donde está ahora.

-Y también construyó otros grandes relojes para la catedral de Lugo, para el monasterio de Celanova, para los monjes de Sobrado, para el convento de Santo Domingo de Betanzos...

-Fue un relojero extraordinario. Lo que hizo fue excepcional. Aunque a mí también me gustaría reivindicar un aspecto distinto de la profesión, que a menudo se olvida. Y es que hay algo mucho más difícil todavía que construir uno de esos grandes relojes que marcan las horas en lo alto de las torres de las catedrales...

-¿Y qué es eso?

-Construir un pequeño reloj de pulsera. Quien es capaz de fabricar un buen reloj de pulsera es alguien que logra crear algo muy valioso. Mire, yo me he pasado una mañana entera en Praga, en la Ciudad Vieja, contemplando, extasiado, el interior de la máquina de su famoso Reloj Astronómico. Pero cuanto más tiempo pasa, más valoro la que supone ser un auténtico relojero. ¡Un relojero de verdad!

-De los de toda la vida.

-Por supuesto. Y conste que yo no me incluiría jamás entre esa clase de relojeros. Porque si bien es cierto que me incorporé a la empresa familiar a finales de los años sesenta, tras haber cursado la carrera de Óptica y hacerme también Perito Mercantil, llegué en un momento en el que las piezas de repuesto ya comenzaban a suministrártelas las casas. Mi padre y mi abuelo, en cambio, vivieron los tiempos en los que un relojero fabricaba las piezas que reponía. No hay comparación. Ellos fueron relojeros natos.

-¿Qué es, para usted, la auténtica relojería?

-La relojería es el fascinante arte que nació de la mecánica de precisión. Y es terrible que la profesión de relojero se esté perdiendo y pueda llegar a desaparecer. Eso me duele mucho.

«Ferrol tiene remedio, claro que sí, pero necesita que alguien piense de verdad en su futuro»

Juan continúa acudiendo, cada día, a la relojería familiar, en plena calle Real de Ferrol. Que está, por cierto, en el mismo lugar en el que la abrió su abuelo. Y dice sentirse infinitamente triste viendo el «declive» de la ciudad. Algo que, en su opinión, encuentra el más clarificador de los espejos en la situación que atraviesa el barrio de A Magdalena.