Veranos


Me vienen a la memoria algunos de los veranos que se estiraban más de tres meses, cuando el pan con chocolate satinaba las tardes. Por los años sesenta del siglo pasado, al final de uno de aquellos largos estíos que aún caldeaba los días de la mañana a la noche, llegó a casa mi hermano Paco cargado con un voluminoso saco de mejillones. Venían todavía arracimados en enormes piñas alargadas, enraizados con sus visos. No podría precisar la cantidad, pero el botín era generoso. En casa, lejos de reprimir el ancestral impulso paleolítico que todavía late en nosotros, se estimulaba poniendo en valor lo que la naturaleza nos dona: peces, pájaros, mariscos… modestos frutos que se ofrecían a nuestra mano infantil. Me llamó la atención, pues, más la cantidad y la calidad de los mejillones que el hecho de contribuir a enriquecer un arroz o a disponer de un entrante sorpresa: los lodos intermareales de A Malata podrían considerarse un estante más de la parca despensa doméstica. El caso es que Paco, que desde niño nadó como los delfines, había descubierto que en la cadena que anclaba la boya, una baliza que distaba unos cientos de metros de la playa de Copacabana, habían arraigado y crecido mejillones hasta ganar una talla soberbia. En repetidos viajes, después de bucear para arrancar el marisco, lo fue transportando sobre el torso y nadando de espalda como en un rescate socorrista hasta la arena. Aquel final del verano, mi familia y algunas otras de la calle de Ínsua, en Canido, gozaron una mejillonada fresca e inesperada. Podría asegurar que los disfrutaron al vapor, con unas gotas de limón de cualquiera de las huertas traseras del barrio. Y una hoja de laurel.

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