Por amor al arte


Ferrol

Después del severo confinamiento, descubrí que uno de los sitios agradables de la ciudad para dar un paseo es la Plaza de Armas. Desde el principio, fui muy escéptico sobre el resultado de la remodelación aprobada por el anterior gobierno municipal, pero tengo que reconocer que ha ganado con la misma, en estética natural y en integración ciudadana. Queda por ver cómo se comporta la zona de tierra cuando llueva en serio, en invierno, para darle una calificación definitiva. Ojalá esté a la altura de lo que ahora se ve.

Pero más que hablar de la plaza, quisiera detenerme en la presencia en la misma de una escultura que me lleva a pensar en unos hombres y en otros tiempos. Hombres rigurosamente contemporáneos nuestros, pero con unos méritos personales y humanos que hoy en día no son fáciles de encontrar entre nosotros. La escultura a que me refiero llevaba en la plaza más de cuarenta años, perdida en el anonimato del lado norte de la misma. Los encargados de la actual remodelación han tenido el buen gusto de situarla en un lugar digno, en un lateral de la fachada del Ayuntamiento. Se trata de una obra del escultor Alberto Sánchez (Toledo, 1895 ? Moscú, 1962), que fue donada a la ciudad de Ferrol gracias a las gestiones de los hombres que estaban al frente del Ateneo en el año 1979. Estos ferrolanos no eran gente del mundo del arte, ni intelectuales, sino simplemente obreros de la antigua Bazán. Pero ese «simplemente», en este caso, es un adverbio cargado de méritos y de valores positivos. Los Luis Mera, Varela, Brage, Veiga, Roberto Casteleiro, entre otros, que yo conocí, traté y con los que trabajé en algunas iniciativas culturales, representaban a esas personas que saben lo importante que es la cultura, el instrumento capaz de hacer libres e iguales a los humanos.

No habían tenido la oportunidad de estudiar en la Universidad (alguno lo haría ya de mayor), pero sentían la necesidad de conocer el mundo del pensamiento, del arte, de la historia, de la literatura, de la música, para sentirse más a gusto con ellos mismos. Por eso no dudaron en ayudar con sus propias manos en la excelente reforma que se hizo en el edificio actual del Ateneo a finales de los años 70. Después de salir del astillero, se volvían a poner el mono de trabajo y se convertían en electricistas, albañiles, pintores, carpinteros… para adecentar aquella casa popular del arte y de la ciencia. Podrían ser más o menos cultos, pero no cabe duda de que valoraban la cultura y todo lo que ella conlleva. En este sentido, yo sentí siempre un gran respeto por ellos, que hoy quiero poner de manifiesto con estas palabras.

Recordaba todo esto parado frente a Los toros ibéricos, de Alberto, que llegaron a Ferrol, como ya he dicho, gracias a la tenacidad de estos hombres del Ateneo. Y no se trata de una obra menor ni de un escultor de segunda fila. Una obra suya y el Guernica de Picasso, nada menos, habían representado a España en la Exposición Internacional de París de 1937. De Alberto habla también Pablo Neruda en su poema «Para nacer he nacido». El escultor de origen muy humilde, que hizo la guerra en el bando republicano y que tuvo que exiliarse al finalizar la misma, era un personaje como nuestros hombres ferrolanos: generoso, con ansia por saber, admirador del mundo del arte y de la cultura. Por eso a su familia no le fue difícil dejarse convencer por aquellos obreros del Ateneo para ceder a Ferrol la escultura que hoy realza la nueva Plaza de Armas.

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