Los nuevos cafés


Ferrol

Antes de la irrupción de los cafés en la España de la segunda mitad del siglo XVIII los parroquianos se distraían en figones, alojerías, aguaduchos, horchaterías, neverías, puestos de refrescos, de resolís, mistelas, aguardientes, botillerías y, sobre todo, tabernas. Ferrol era un buen ejemplo. Cuando se inauguraron los primeros cafés, llamados casas de conversación o casas de café, había en la floreciente ciudad naval más de 140 tabernas y mesones. Pero los cafés llegaron y lo cambiaron todo: hábitos de consumo, la forma de reunirnos, el transcurrir del día, el acceso a rumores, cotilleos, noticias y conocimientos, hasta la forma de vestir. Antonio Bonet Correa nos lo contó en Los Cafés Históricos (Cátedra, 2014), el gran manual sobre el mundo del café continuación de su discurso de recepción en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1987. Antonio Bonet, fallecido hace unos días a los 94 años de edad, había elevado la institución de los cafés al olimpo de las artes, en el que permanece. El café, dice allí, «es un lugar de reunión y de encuentro, de conversación e intercambio social».

Fue el lugar que explica la Revolución Francesa, la Enciclopedia, el Liberalismo, los movimientos literarios, el Modernismo y las vanguardias artísticas. En los cafés se vivieron por primera vez los aires de participación en casas públicas y democráticas, lugares para conversar y jugar a naipes, ajedrez, damas y billar.

Centros sociales en los que se degustaba una bebida antisoporífera que mantenía la mente despejada, al contrario que el vino aguado que amodorra y da pesadez a la cabeza. Por eso se hicieron hueco las gacetas, tertulias, papeles volanderos y los periódicos. Y por eso también se constituyeron como núcleos de creación de las artes arquitectónicas y decorativas, conjugándose espacios, mobiliario, columnas, murales, veladores, espejos y ventanales abiertos al mundo. Un café, decía César González Ruano, es «un reducto del nervio español, un mirador desde el que se puede contemplar el panorama espiritual de la nación y el mismo espectáculo del mundo».

Después del confinamiento por el covid-19 los cafés vuelven a abrir sus puertas. Tímidamente. Lo hacen primero sus terrazas, después lo harán las mesas de sala y quién sabe si por último los taburetes de las barras. Probablemente no lo harán todos y una parte se quedarán en el camino. Será difícil ver de nuevo cafés ruidosos, caóticos, confusos y estridentes, tal y cómo definía Díaz Cañabate a las cafeterías de influencia americana. Tal vez los nuevos cafés recuperen la esencia de los históricos, esas academias vivas, públicas, democráticas y abiertas que describió como nadie el madrileño de origen coruñés Antonio Bonet Correa.

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