Campanas mañaneras


Ferrol

Por fin pudimos desplazarnos al pueblo y pasar unos días en la casa natal para compensar el encierro de cuarenta y tantos días en nuestro piso de la ciudad. Luce el sol, el aire es limpio y tibio, y da gusto recorrer los viejos lugares del entorno. Una tarde pasé por delante de la iglesia. Estaba abierta y entré. Es uno de los lugares que conoció muchas horas de mi infancia y merecía una visita.

Reviví aquellas misas de los domingos, en invierno a las diez, y a las 9 en verano. Además de un acto religioso, para la gente del pueblo era un acto social. Yo iba siempre con mi madre, cosa que me daba bastante apuro. Muchas veces me quejaba, sobre todo en invierno, con frío y lluvia.

Prefería dormir, pero eso no era negociable. No había nada que hacer y allá me iba con ella a la iglesia. Envidiaba a mi padre, que unas veces iba y otras no, dependiendo de no sé qué criterios. Y a mi abuelo, que no iba nunca porque decía que para llevarse bien con Dios era suficiente con rezar antes de dormir, no matar, no robar y no tener vicios, y que ese era su caso. Bueno, añadía, tenía el vicio de fumar, pero eso era un pecado venial que no podía ofender a nadie.

Mi madre tenía un reclinatorio para ella sola, en la parte delantera de la iglesia, y me colocaba de pie a su lado, cuando lo que me gustaría a mí era estar con otros niños en la «tribuna», que era el nombre popular que se le daba al coro. Allí se situaban también algunos hombres, mientras que otros permanecían de pie en la zona de penumbra debajo del coro. Y aún había un tercer grupo que, sencillamente, no entraba en la iglesia, se quedaban en el atrio hablando de sus cosas, que supongo sería el motivo por el que acudían a la misa dominical.

Me llamaba también la atención que los hombres no se arrodillaban; en todo caso, hincaban una cuando el cura alzaba la hostia consagrada.

También era muy raro que fuesen a comulgar, quizá porque antes había que confesarse, y eso, contarle su vida a otro hombre con el que se tiene un trato meramente formal, resultaba demasiado extraño para aquellos hombres tan reservados.

En realidad la misa era más cosa de las mujeres. Mi madre no faltaba nunca, se sabía las contestaciones al oficiante en latín y todas las canciones litúrgicas. En cambio, mi padre era más de ir a entierros y funerales de gente conocida. Curiosamente, con la misa de los domingos en mi casa había una libertad individual que no era motivo de conflicto. Cada uno podía hacer lo que creyera conveniente, menos yo, que no tenía opción desde que hice la primera Comunión hasta mi primera adolescencia.

No me quedó más remedio que acostumbrarme, y a ello me ayudó mucho el misal de mi madre. Me lo dejaba durante la misa para que me entretuviera y no mirase para atrás, que hacía feo.

El libro resultó un magnífico entretenimiento. Tenía al final un apartado con breves biografías de los santos que habían sido mártires por su fe cristiana. Cada historia llevaba un dibujo a plumilla que ayudaba a entender mejor lo que el texto explicaba. Como en los tebeos del Capitán Trueno, aquello era un desfile de héroes que me conmovían por su decisión y valentía.

Y a veces, el entretenimiento venía antes de la misa, cuando el cura don Manuel, rebosante de quilos y de poca paciencia, confesaba en el confesonario cercano. Hablaba alto, sin cuidado. A una vecina cotilla, que empezó a cuchichearle sus cuitas, le contestó en raudo y de malas maneras: «¡Huyy con qué lerias me vés».

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