Confinamiento


Ferrol

Esto de la reclusión en casa está resultando más duro de lo que se preveía. Como penitencia añadida tuvimos unos días radiantes al otro lado de la ventana y en la cabeza los recuerdos de las cosas que antes hacíamos diariamente. No les dábamos importancia y, sin embargo, qué grandes nos parecen ahora. En la rutina y en las cosas ordinarias, que entraban con total normalidad en el programa de cada día sin que nos diésemos cuenta, estaba algo que podría parecerse a la felicidad. «Las pequeñas cosas», como diría Mercedes Sosa, se vuelven importantes cuando nos faltan. Algo parecido ocurre cuando nos sobreviene una enfermedad imprevista: sólo en ese momento nos damos cuenta de lo importante que es estar sano. Los humanos somos así de fatuos e inconsistentes. Quizá esta dura prueba por la que estamos pasando, viendo desde casa cómo se muere tanta gente y contemplando, asustados, cómo se derrumba la economía mundial y los puestos de trabajo en las empresas, sea un buen momento para reflexionar sobre lo poco que somos y sobre la inconsistencia de todo lo que logramos. Basta un bicho microscópico, insignificante, para poner patas arriba toda la vida social y económica que los países más industrializados habían conseguido elevar a notables cotas de bienestar.

Decía Uxío Novoneyra, contemplando los legendarios montes del Courel: «Eiquí síntese ben o pouco que é un home». Pues algo así podríamos decir hoy viendo la fuerza brutal e imparable de esta pandemia que ha puesto en jaque (y a ver si no hay «mate») al mundo entero. El virus nos va a enseñar una lección que las generaciones actuales no vamos a olvidar nunca: que somos alarmantemente vulnerables, y que esa sensación de seguridad displicente con la que se desenvolvía nuestra sociedad era falsa y temeraria. La Naturaleza ha reaccionado en defensa propia por el descerebrado castigo al que la estamos sometiendo, cuyas consecuencias más visibles son el peligroso cambio climático y la salvaje contaminación del planeta. Seguramente nada va a ser como era antes; seguramente tendremos que aprender a vivir de otra manera, viéndonos más como seres humanos, sencillos y solidarios, que como insaciables consumidores y hedonistas acomodados. A lo mejor aprendemos de una vez a valorar lo que es realmente importante en la vida: la salud, los afectos, la convivencia solidaria. A lo mejor ganamos en el cambio…

Pero ahora lo que tenemos es más encierro y hay que llevarlo lo mejor posible. Algo tiene esto de bueno: tiempo, para hacer lo que nunca hacíamos por no encontrar el momento. Pienso todo esto mientras procuro llenar las horas de forma amena y productiva. Porque en casa se pueden hacer muchas cosas y hasta organizar el día de forma muy variada. Leer, hablar y escribir correos a familiares y amigos, ver una buena película, hacer más larga la sobremesa, organizar cajones, escuchar música, ordenar la biblioteca… Lo peor es que, teniendo Ferrol tan cerca playas y paseos ribereños, no podamos disfrutar del aire libre, del sol, el mismo que, de puntillas, entra por la ventana. Pero para sobrellevar todo esto con tranquilidad, me recreo en los recuerdos tan gratos -y que parecen ya tan lejanos- de la vida diaria cuando éramos libres y confiados. Ese café de media mañana con algún amigo, el alboroto de los niños cuando salen del colegio, la tranquilidad de la plaza vecina, los abuelos que la cruzaban a ritmo lento y contemplativo, pero sin ningún temor a contagios asesinos…

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