Sus primeros pasos


Al COVID-19 le echo la culpa de todo (o casi). De tenernos encerrados en casa, lejos de nuestros familiares y amigos, con esa constante sensación de que falta el aire y del nudo en la garganta. De hacer añicos nuestra ahora tan ansiada rutina. De meternos el miedo en el cuerpo, de generarnos ansiedad, de darnos constantes ganas de llorar.

Al COVID-19 le echo la culpa de volatilizar la economía del país, de la comunidad gallega y de Ferrolterra. De mandar gente al paro, de cerrar negocios que son tan necesarios, de originar ERTEs, de crear un futuro incierto, que ni siquiera tiene fecha de caducidad.

Al COVID-19 le echo la culpa de cebarse con nuestros mayores, por atacarlos a ellos más que a nadie, por dejarlos indefensos, por acabar con sus vidas antes de tiempo, por alejar a abuelos de nietos, por hacerles más frágiles que nunca.

Pero al COVID-19 también le doy las gracias. Le agradezco que nos haya enseñado a valorar lo que teníamos, a echar de menos a los nuestros, a decirnos lo mucho que nos queremos, a ser solidarios, a dejar de lado lo superficial para empezar a construir un mundo mejor, a enseñarle a nuestros hijos que la vida no es fácil pero que todo saldrá bien.

Y al COVID-19 le agradezco que me haya mandado a teletrabajar a casa, que me haya enseñado el verdadero sentido de la palabra conciliar, que me deje estar las 24 horas del día pegada a mis hijos, aunque sea cansado y agotador, que me deje ver su cara de felicidad por disfrutar con sus padres todo el tiempo que antes no tenían, y sobre todo le agradezco que me haya dejado ver, y no por móvil, los primeros pasos de mi hijo.

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