Nosotros


Ferrol

Mi hijo mayor está a más de mil kilómetros de mí. También mi padre, y algunas de mis mejores amigas. Pero hoy están igual de lejos que mi tía Sofi, que vive a cinco minutos en coche de mi casa, porque no puedo ver a ninguno de ellos. La pandemia que ha puesto patas arribas nuestras vidas y tiene montadas en una montaña rusa nuestras emociones nos ha aislado de los nuestros. Ha derribado esas distancias para levantar un muro de confinamiento en cada casa.

En nuestra nueva coyuntura, estamos más hiperconectados que nunca, pero echamos de menos aquellas rutinas que -sí, hace menos de dos semanas- constituían la columna vertebral de nuestro día a día. Esa contra la que resoplábamos, que veíamos gris y falta de entusiasmo en nuestras horas más bajas. Y ahora añoramos a nuestros compañeros de trabajo, a nuestros amigos y sobre todo a nuestros mayores, esos que nos tienen más preocupados que nunca, aunque procurando poner las largas e ir superando día a día una situación de la que muchos ya esperamos que nos ayuden a ser mejores.

Porque esto tiene que servir para algo, y algunas piezas deben encajar. ¿Para qué si no estamos pagando esta buena dosis de individualismo en una sociedad que había convertido el infantilismo en su bandera?, ¿aprenderemos la lección de enfrentarnos a ver a los nuestros solo a través de las pantallas de los móviles, esos de los que no levantamos la cabeza en todo el día?, ¿valoraremos la contribución de todos en la cadena profesional de la sociedad?, ¿pondremos de verdad en valor lo público, lo que es de todos?, y ¿nos quedaremos con el nosotros por encima del yo?

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