Luces de Ferrol


Claro que el futuro no está escrito. Y no hay cosa que más predisponga al error que tratar de adivinar, desde el presente, qué sucederá cuando el tiempo pase. Pero quizás no se necesite poseer ni el don de la clarividencia ni el de la profecía para asegurar que, antes o después, el Ferrol de las Luces, el que guarda vivo dentro de sí el legado del siglo XVIII (con su Arsenal, con sus fortalezas, con el trazado de sus calles, con iglesias como la concatedral de San Julián y con una inmensa herencia intelectual que es hija de la Ilustración), será declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad. O Patrimonio Mundial, si prefieren decirlo así. Porque Ferrol es una ciudad única. Irrepetible. Y quizás convenga insistir en ello para evitar caer en el desencanto y en la melancolía, y para no cometer de nuevo el error de cerrar los ojos. Porque cerrar los ojos te permite soñar con lo que está lejos, sí, pero te impide ver lo que tienes delante. La realidad se mira con los ojos abiertos. ¿Es malo, acaso, apreciar lo nuestro? A Ferrol le dará un nuevo impulso ser Patrimonio de la Humanidad. Pero, mientras tanto, ya es bueno, también, de por sí, que nos digamos a nosotros mismos -y perdonen que hable en plural, pero qué valioso es lo que se hace entre todos, trabajando unidos- que vamos a conseguirlo. Estoy convencido de que no solo es posible conseguir que el Ferrol de la Ilustración sea Patrimonio de la Humanidad, sino que también creo que se puede lograr que el Camino Inglés lo sea. Con lo cual, Ferrol será Patrimonio Mundial por partida doble. ¿Y si no se logra, dicen? Pues miren, si no se logra, al menos nos quedará el orgullo de haberlo intentado juntos. Que no es poco, eso.

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