«La madre de Frankenstein» nació en la calle Magdalena, a un paso de Amboage

Aurora Rodríguez ensayó con su sobrino, Pepito Arriola, cómo criar a la hija perfecta que finalmente asesinó


Ferrol

La ferrolana Aurora Rodríguez Carballeira es La madre de Frankenstein, la protagonista de la nueva novela de Almudena Grandes, en la que relata los últimos años de esta parricida que trató de modelar a su antojo a su hija Hildegart (cuyo nombre significa jardín de sabiduría) y que finalmente la asesinó disparándole en su cama a la cabeza, a la garganta y al corazón. La ciudad y su familia marcaron a una mujer que logró una hija que leía a los 22 meses, escribía a los tres y fue un referente nacional.

Aurora nació en el primer piso de una casa de la calle Magdalena (a un paso de la plaza de Amboage) y su familia tuvo una estrecha relación con la ciudad en la que vivió hasta los 35 años, cuando heredó una gran fortuna de su padre (un rentista con muchas propiedades en Esteiro) y puso rumbo a Madrid para iniciar un delirio que remató con el asesinato de su hija Hildegart.

Almudena Grandes centra su obra en la etapa final de Aurora en el psiquiátrico de Ciempozuelos, pero las huellas de este drama se pueden seguir mucho antes. La historiadora Rosa Cal explica en su libro A mí no me doblega nadie que los abuelos de Aurora llegaron desde Lugo. Ella no llegó a conocerlos, pero la salud mental de sus antepasados salió a relucir en la investigación del crimen de Hildegart: «La bisabuela materna, al igual que su abuela, enfermaron de locura (...) Un hermano del abuelo materno era un psicópata litigante que gozaba de hacer daño y dejar una estela de dolor, frío y calculador», según las opiniones de los doctores Lafora y Sacristán.

Padre, concejal

La citada obra de Cal cuenta que el padre de Aurora, Francisco Rodríguez Arriola, nació en Ferrol en 1833 y destacó por su inteligencia. A los 26 años se convirtió en procurador de los juzgados de Marina: «La familia debía gozar de una envidiable salud económica, pues Francisco Rodríguez tuvo que abonar como fianza para poder desempeñar el cargo 17.500 pesetas de la época, más 250 aparte en títulos». Durante dos años fue concejal del Ayuntamiento de Ferrol, y en las actas figuran sus peticiones para reparar el mercado y colaborar con las fiestas de A Graña. A los 33 años se casó por primera vez, pero su esposa falleció tres años más tarde y poco después volvió a pasar por el altar con una vecina de la misma calle Magdalena: Aurora Andrea. Ella tenía 21 años y él, 39. Tuvieron cinco hijos, la madre de Hildegart fue la segunda y siempre habló de una relación distante con su progenitora, aunque adoraba a su padre y sus ideas liberales. En el juicio por el asesinato de su hija ella reveló que ambos eran masones. «Yo era el ratoncito de mi padre», recordó para explicar que prefería estar en su despacho que jugando con otros niños. Casi toda la adolescencia la enfocó hacia la lectura y la música, como la animaba su padre hasta que, de repente, su hermana mayor Josefina tuvo un hijo de soltera del que ella se hace cargo a los 16 años. Fue su primer proyecto de hijo perfecto, un ensayo de lo que después ejecutaría con su hija Hildegart.

Prodigio musical

«La vida de la hermana mayor de Aurora fue increíblemente novelesca. Comenzó con ese embarazo de soltera, verdaderamente bomba en una familia de la alta burguesía de Ferrol. Josefa fue a dar a luz a Betanzos, donde inscribió al niño, José Rodríguez Carballeira, pero a quien llamarían Pepito Arriola. Era el 14 de diciembre de 1895», según relata Rosa Cal, que también relata que hay dos versiones sobre cómo su cuidado y educación terminaron en manos de su tía Aurora. En cualquier caso, ella jugó un papel fundamental en su carrera de niño prodigio como concertista. Hay crónicas que afirman que su madre lo abandonó, pero volvió a su lado cuando se dio cuenta de que podía hacer carrera tocando en los mejores escenarios de Europa, como así fue. Se convirtió en su representante y llegaron hasta Alemania, donde terminaron arruinados tras codearse con la alta sociedad. Quedarse sin Pepito fue un duro golpe para Aurora, pero la historia dio muchas vueltas y el propio Pepito fue el tutor de su tía mientras ella cumplía condena en el psiquiátrico madrileño. En cualquier caso, Aurora se sintió decepcionada por todos los esfuerzos que empleó en su educación e incluso se marcó nuevas metas para aplicar con su hija. De hecho, años después de criar a su pequeña con obsesivo esmero y asesinarla en su cama aseguraba desde la cárcel: «Hildegart es un caso asombroso de precocidad, es como su primo Pepito. Pero con una sutil y sensible diferencia: Pepito es la intuición; Hildegart, el método. Pepito Arriola, la improvisación, casi la adivinanza, mi hija el fruto de una educación cuidadosa, de una labor incesante, de un esfuerzo sin principio ni fin», según recoge el libro De Pepito Arriola a Hildegart, escrito por Francisco Martínez López y Ventura Ferrer Delso.

«La herencia del hombre que la engendró la borraré yo»

¿Quién era el padre de Hildegart? Un sacerdote de la Armada (posiblemente Alberto Pallás, según Rosa Cal) que llega a Ferrol tras un largo viaje por América. Aurora nunca le engaña: «Tras diversos encuentros con su hombre, le confiesa: «Yo quisiera tener un hijo, una hija mejor, que sea capaz de alcanzar la altura que yo, por falta de alas, no podré escalar jamás». Así lo recoge el libro De Pepito Arriola a Hildegart. El cura accede y busca una casa en las afueras de Ferrol. Aurora sabe que está embarazada cuatro meses después de la muerte de su padre, con el que vivió a solas desde los 22 años, cuando tomó las riendas de la economía familiar, según relatan las investigaciones de Rosa Cal, que se reflejan en el citado libro y en las actas de un congreso que se celebró en Ferrol y que componen un grupo de obras que siguen teniendo mucho éxito entre los lectores ferrolanos, pues suelen estar muy solicitadas en las bibliotecas municipales.

El padre de la parricida murió el 15 de enero de 1914, el mismo día se publica la esquela y un anuncio para alquilar la casa del finado. Aurora ya pensaba en sus nuevos planes y en trasladar su casa de A Magdalena a una de las casitas bajas del Camino Nuevo (futura carretera de Castilla), donde su familia solía veranear. Años antes sopesó dedicar esas casas a la fundación de una colonia, pero en este momento tenía claro que ya nada la retenía en Ferrol, así que dejó las fincas en la manos de un administrador. Hasta los cuatro años permitió que Hildegart viese a su padre, pero en Madrid, donde se instalaron repetía a menudo: «La herencia del hombre que la engendró la borraré yo». Y lo cumplió.

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