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El lamento y la autocompasión han arraigado de tal modo en la idiosincrasia local que cegaron la capacidad de soñar un futuro colectivo. La sucesión histórica de golpes recibidos amputó la imaginación. La utopía fue reemplazada por un burocratismo exidado y faltón, incapaz de estimular la rebeldía cívica (hasta Verín saca a la calle más vecinos por el cierre de un paritorio que Ferrolterra por su muerte anunciada). Los partidos hace tiempo que ajustaron la mira de sus telémetros políticos a cuatro años: fuera de ese horizonte nada es. No tienen proyecto para el Ferrol del siglo XXI, para emprender una transformación de largo aliento, que trascienda el ir tirando. No ven rentabilidad en el esfuerzo de idear un cambio del estatu quo. No es pesimismo: por sus obras los conoceréis. Vaya si los conocemos. Vuelvo a recordar al fallecido ingeniero Juan Gelpi, autor de una tesis que partía de experiencias europeas y norteamericanas de bases navales que la nueva misilística y las alianzas estratégicas arrumbaron como chatarra inservible. O Castro publicó un extracto del trabajo en un volumen con un título revelador, Una ciudad irrepetible. Y tanto. Desde entonces, y va para veinticinco años, no conozco otra idea documentada y argumentalmente estructurada que sugiera la posibilidad de un futuro para Ferrol diferente del que le reserva la pereza mental de sus líderes (¿?). Al contrario, seguimos como cuando los sindicatos hacían desfilar a miles de trabajadores para proclamar «No a la reconversión naval», cuando era un hecho consumado. Mientras el futuro de nuestros hijos es la emigración, seguimos con la melancólica ensoñación de qué verde era mi valle.

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