Meditaciones


Ferrol

Mientras acudía al cementerio a cumplir con el rito anual de depositar unas flores en las tumbas de mis difuntos, iba pensando en una noticia que publicaban los periódicos estos días, según la cual en España ya hay tantas incineraciones como entierros tradicionales. Parece que cada año aquéllas aumentan, y que en un futuro próximo superarán con mucho a los sepelios convencionales. En España se encuentra el mayor número de hornos crematorios de Europa (unos 2.500) y su actividad ha generado ya más de 12.000 empleos. Dicen que es la fórmula más idónea para estos tiempos tan ligeros y evanescentes. No seré yo quien lo ponga en duda, pero no me cuento entre sus devotos. Mis convicciones, arraigadas en la tradición y la experiencia de nuestros mayores, me exigen saber que estas flores que llevo en la mano van a quedar depositadas a este lado de la lápida, detrás de la cual descansa mi madre con el aspecto condescendiente y sereno que conservo en la memoria y en las fotografías que quedan de ella en la casa. Ya sé que es moverse en un mundo que ahora es ficción, pero que me recuerda y me instala, al menos por unos momentos, en aquel otro, de no hace tanto tiempo, que fue real y verdadero. Me tranquiliza saber que al otro lado están mis recuerdos intactos e imborrables.

Por todo lo anterior no se puede deducir que tenga nada en contra de la incineración de cadáveres humanos. Seguramente este asunto lo vea con unos prejuicios muy concretos, que se fueron acumulando en mi subconsciente por las imágenes que me dejaron lecturas, películas y una noticia local, recogida en los periódicos unos años atrás. Las piras funerarias ardiendo en la orilla del río Ganges, en la India, a cuyas aguas se arrojan, después de las tres horas de cremación reglamentarias, los restos del cuerpo humano que no se han carbonizado, mientras niños y mayores se bañan indiferentemente en el río sagrado. Julio Cortázar, por ejemplo, describió en ¡Oh, Calcuta! estas ceremonias religiosas con tan severo realismo que, tras su lectura, durante tiempo permaneció en mi cerebro el fuerte olor a sándalo, que se utilizaba para compensar el de los cuerpos quemados.

La noticia periodística a la que me refería daba cuenta de que, en una playa de los alrededores, la Policía Municipal de Ferrol recogió una urna funeraria que habían encontrado unos niños flotando sobre el agua. Como el recipiente no tenía ningún tipo de identificación, los policías optaron por trasladar la urna, cerrada y repleta de cenizas, al cuarto de objetos perdidos de la comisaría, donde quedó sobre una estantería esperando que apareciese alguien que la reclamase. Y si nadie decidiese hacerse cargo de ella (cosa muy probable, porque está tipificado como delito contra el medio ambiente arrojar al mar recipientes con residuos humanos dentro) serían los propios policías quienes la destruirían. No sé cómo acabó la historia, pero siempre sentí pena por esa persona, cuyos restos acabaron arrinconados y olvidados en el cuarto oscuro de una comisaría. Sabemos que no somos nada, como bien nos enseñan la historia, la literatura y la propia experiencia. El emperador y filósofo Marco Aurelio venía a decir en sus Meditaciones (siglo III D. C) que, hagamos lo que hagamos, seas rico, pobre, importante o humilde siervo, acabaremos siendo nada más que tierra o ceniza. Pero mejor, digo yo, en un lugar digno y conocido, donde los descendientes puedan llevarte unas flores en un día como hoy.

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