«Tuve mi primer coma etílico con solo 13 años»

Tocó fondo a los 36, tras cuatro meses de «laguna mental». Ahora, lleva casi 30 meses sin beber


A CORUÑA / LA VOZ

Daniel L. (prefiere no revelar su identidad) es, a su pesar, el protagonista de una de esas historias en caída libre. Coruñés de 38 años, era prácticamente un niño cuando probó el alcohol y, casi sin querer, pasado un tiempo perdió el control de sus días. Hasta hace dos años y medio. Atiende el teléfono en el grupo 24 horas de Alcohólicos Anónimos Coruña, colectivo que el día 21, a las 18.00 horas, celebra su 15.º aniversario con una junta abierta en la parroquia de Los Rosales.

-¿Cómo empezó todo?

-De chaval... Me juntaba con los amigos en el parque de Santa Margarita, cerveza va, cerveza viene, calimocho... Tuve mi primer coma etílico con 13 años. Después empezamos a salir por Santa Cristina, y seguí bebiendo. Con 16 años me fui a Lleida a trabajar en la construcción, me metí una botella de vodka y acabé en el hospital con otro coma etílico.

-¿Hubo más?

-Hubo, hubo... cuando bebo no tengo la capacidad de otras personas para controlar y frenar. La enfermedad es progresiva, en aquella época no bebía tanto como después. Yo no soy como la gente normal, que toma una o dos copas y para. Yo no. No era capaz de parar. De chaval solo bebía los fines de semana, pero acababan llevándome mis amigos a casa de mis padres. Con 18 tuve otro coma etílico, el último. Salimos por el Orzán. Mi intención era salir con mi amigo, divertirme, ligar... despedirme porque me iba para Cádiz. Pero se me fue de las manos. Que si chupitos, que si vino, que si cubatas... me desperté en Urgencias.

-¿Y al cambiar de ciudad?

-Me tocó hacer la mili en Andalucía y seguía bebiendo, pero más controlado porque salía menos y por miedo a los arrestos. Después me fui a Murcia e intenté hacerme profesional en la brigada paracaidista, pero en un salto me fastidié una pierna. Volví para Coruña y me puse a trabajar aquí hasta que decidí irme a infantería de Marina, en Ferrol.

-¿Ahí cambió todo?

-Noo! El primer año fui bien, pero después mi mentalidad fue cambiando. Desde los 21 empecé a beber cada vez más, más temprano... llegó un momento en que me levantaba con temblores. Tuve una laguna mental de cuatro meses. Estaba tomando pastillas para dejarlo, pero seguía bebiendo igual. Estaba tirado en casa sin hacer nada, encerrado cuatro meses en una habitación, y sin querer hacer nada...

-¿Qué le hizo tocar fondo?

-Sentí que lo estropeaba todo. Hasta entonces, a pesar de todo siembre lograba remontar, conseguir un buen trabajo, pareja... pero siempre volvía a lo mismo, y ya no conseguía arreglar las cosas, las estropeaba más. Intenté ponerme a tratamiento, estuve hasta en cuatro centros... no me funcionaron. Algo no funcionaba bien en mí, tuve intentos de suicidio, estaba muy cansado de vivir. No sabía cómo salir, mi vida era un infierno... Tenía un hijo, y a mis padres, y no los perdí, pero ya no sabían cómo ayudarme.

«Llegué a un punto en que estaba cansado de vivir. No sabía cómo salir, mi vida era un infierno»

«Esta enfermedad no excluye clases sociales»

Asegura Daniel que cuando tocó fondo «ya había probado de todo: centros, médicos, psicólogos, psiquiatras...». Conoció el grupo de Alcohólicos Anónimos «por un familiar», dice, y con ellos «recuperé todo: lo de fuera, a mi familia... me siento bien». Por eso echa una mano para que el centro (calle Oidor Gregorio Tovar 28) esté abierto 24 horas «por si alguien necesita ayuda».

-¿Cuál es la labor del grupo?

-Se basa en que todos somos enfermos, nos ayudamos, nos apoyamos, nos transmitimos el mensaje. Tenemos nuestras guardias para que nadie encuentre la puerta cerrada. Hay gente todo el día.

-¿Cómo lo consiguen?

-Hay gente que llega con medicación, otra no. Hacemos como una terapia de grupo, tenemos reuniones todos los días cada dos horas. A mí me hicieron salir adelante los compañeros. Porque llegas con mucho sentimiento de culpa por hacer daño a gente que te importa, a la familia.

-¿Quién les pide ayuda?

-Personas de todo tipo, de 20 años a 60 largos, compañeros que llegan de la calle porque lo perdieron todo y otros que vienen con la familia. Esta enfermedad

no excluye a ninguna clase social, afecta desde al que trabaja en una obra al empresario...

-Dice que transmiten un mensaje..

-Hablamos todos. Aquí no hay jefes, somos todos compañeros, unos con más experiencia que otros. Hay unos pasos y el primero es reconocer que te vuelves impotente ante el alcohol. Son los principios que ya usaban los primeros grupos de alcohólicos hace 80 años en EE. UU. Se dieron cuenta de que hablando se quitaban las ganas de beber.

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«¿Cuánto le cuesta de verdad cada alcohólico a las cuentas públicas?», se pregunta Ignacio Bedoya, gerente de la Utaca de A Coruña. «¿Por qué no se aborda este problema, que es más que un asunto de salud, en toda su dimensión?», continúa el responsable de la Unidad de Tratamiento de Conductas Adictivas de A Coruña. Este es uno de los seis centros de referencia del Sergas de estas características que hay en Galicia, de los que solo dos (Lugo y Santiago) pertenecen directamente a la sanidad pública. El proceso de integración del resto quedó interrumpido en los primeros años de la crisis: trabajan para el Sergas, pero también desarrollan labores de prevención e inserción laboral y social por las que gastan más que ingresan, de modo que -aseguran- resulta complicado cuadrar las cuentas a final de año.

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