Atardeceres


El atardecer es uno de mis momentos con magia. Y no necesito un lugar privilegiado o con luz especial. Los matices que descubro constituyen la esencia de mis emociones, cuando el cielo, el mar y la tierra mutan sus rostros para ofrecernos un espectáculo de belleza cada día diferente. Los impresionistas, que supieron atrapar en sus lienzos los distintos efectos que la luz produce en lo que observaban, nos legaron el espectáculo de esa riqueza que durante un tiempo se consideraba imperfección según la normativa clásica. Este preámbulo, probablemente innecesario en el caso que me ocupa, es para estimular a mis lectores a adquirir el hábito de contemplar los atardeceres. Digo atardeceres como podría decir amaneceres o algo, tan aparentemente prosaico, como la silueta de una grúa enmarcada por el paisaje de nuestra ría al anochecer…

Pero, lo confieso, mis atardeceres de hoy tienen mensaje. He acostumbrado a mis ojos a mirarlos con frecuencia, para descubrir algo diferente cada día, como en la vida misma que, en cualquier circunstancia, incluso en las más difíciles, ofrece motivos para esperar el milagro de la belleza, del amor, de la solidaridad… De un atardecer, de una caricia, de una sonrisa o, en mi caso, del abrazo de Antonio, mi queridísimo nieto, que me invita a acompañarle a contemplar el atardecer en Doniños, allí donde el mar y el cielo se visten de gala para recibirnos. Ojalá supiésemos hacer de este y tantos otros tesoros, casi desconocidos, la permanente y visible por doquier, estampa de un Ferrol, casi ciego frente a los matices y atrapado por la melancolía…

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