La lección


Ferrol

No hay campaña electoral en la que no se haya puesto el foco en el sector naval público. Conscientes de su importancia para la economía de esta comarca, pocos partidos se han resistido a meterle el diente al jugoso debate de la situación de los astilleros de la ría, algo completamente lógico si se hiciese desde el rigor y el objetivo de aportar soluciones o de corregir situaciones indeseadas. Pero casi nunca -y soy muy benévola en la apreciación- es así. Faltan tres meses para los próximos comicios municipales y ya hemos empezado a escuchar disparates, peticiones imposibles, interpretaciones retorcidas y simples mentiras. La última ocasión en la que el esperpento volvió a presidir el debate sobre el naval fue hace escasos días en el Congreso, a cuenta del proyecto de Astillero 4.0 para la antigua Bazán.

Me gustaría que Navantia hiciese un servicio público y, en vez de invitar a los representantes políticos de nuestra zona a las ceremonias de entregas de barcos o de botaduras, que los lleve a las de cortado de la primera plancha de acero -oh, sí, ese tan manido corte de chapa- con el que se da el pistoletazo de salida a la construcción de un buque. Y a continuación, a una clase práctica sobre la continuidad del proceso. Con ello no evitaremos que se escuchen sandeces del estilo de que en Ferrol no se pueden fabricar buques civiles -¿fue el flotel de Pemex un espejismo?- pero al menos sus señorías quedarían retratadas cuando soltasen sus perlas. Llevarían la lección aprendida, y nosotros nos daríamos cuenta -¿no nos la damos ya?- de que solo buscan lo que tanto reprochan: sacar rédito político a cualquier precio.

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