Imaginario Norte


Algunas veces vuelvo de la Terra Chá dos meus maiores, como me pasó hace unos días, cuando se celebró en Vilalba que Eugenio García Amor cumplía 90 años, y a las pocas horas, si la melancolía me invade, ya tengo la tentación de regresar a ella de nuevo, envuelto en la noche, para contemplar, tal vez junto a los muros de algún viejo cementerio en el que las cruces de piedra fueron labradas por los Canteiros de Román, ese maravilloso Río Blanco del Firmamento que es la Vía Láctea: el río de estrellas que atraviesa la bóveda celeste para recordarnos que aunque todos los caminos lleven a Roma, no son menos los que van a Santiago. Es curioso cómo, frente a la inalterable tozudez de los mapas, a algunos de nosotros (sé de otros muchos amigos a los que también les pasa), cuando vamos tierra adentro, dejando atrás el mar de Ferrol, siempre nos da la impresión de que avanzamos hacia el Norte, aunque en el caso que nos ocupa vayamos hacia el Este. Un Este al que ya casi podríamos llamar Oriente, si les parece bien, a estas alturas del año. Ese Oriente que, si bien se mira, y disculpen que nos salgan ramas, es nuestro Norte imaginario. Aún estamos a mediados de noviembre, tiempo al que conviene rendir homenaje asando castañas, pero ya se ven adornos navideños por todas partes. Estuve buscando alguna pieza con la que acrecentar mi modesta colección de figuras de los Reyes Magos, y aún no di encontrado nada, aunque abundan los papás noeles de todas clases. Me alegra el corazón, eso sí, saber que Ana Martín ya está poniendo a punto el Belén de la Orden Tercera ferrolana, esa ventana a nuestra infancia que siempre es una maravilla, otro verdadero milagro.

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