La faz de la tierra


No, con la realidad no basta, como dijo el poeta. Y él lo sabía muy bien, por experiencia propia. La ficción, que al igual que la poesía es una forma superior de la verdad, nace de una de las más hermosas magias de este mundo: de la que hace que las cosas existan, al margen de las leyes de la física, cuando son nombradas. Nuestro siglo podría decir que no ha visto el tiempo en el que santos de recia voz y justa fama de hacer grandes milagros cristianizaron las islas del norte, en las que los celtas tenían mil reyes. Pero nosotros sabemos muy bien, por Pierre Michon, cómo sucedió todo entonces, en el fondo de las edades, y hasta contemplamos con total claridad, en sus páginas, los rostros de los que jamás caminaron sobre la faz de la tierra. El mito explica el mundo, como nadie ignora; y la leyenda, aun sin llegar a tanto, nos dice -a través de un espejo en el que se reflejan otros- de dónde venimos, quiénes somos e incluso hacia dónde vamos, por si lo habíamos olvidado. No está ni mediado aún el mes de noviembre, y ya se ven luces de colores por todas partes, como si alguien hubiese abolido los calendarios. Llueve sobre Ferrol, y al otro lado de la ría los cotos de Marraxón y de Ancos se desvanecen en un horizonte que se fue desdibujando al caer la tarde. En un cuaderno que creía perdido leo los nombres de Luz Pozo Garza (a la que por cierto se va a rendir homenaje en Viveiro), de Julia Uceda, de Víctor Freixanes, de Margarita Ledo, de Carlos Vidal, de Basilio Losada y de Darío Xohán Cabana. Estos días me acuerdo mucho de Casares. Menos mal que nos quedan los libros. Me pregunto dónde irán las «nieves de antaño» y si habrán echado a andar ya los Reyes Magos.

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